abr 20 2010

De cuando Allen se me adelantó


Diverse – Dinah Washigton – Mad about the boy

Verán. Yo tenía la idea de una película. Yo quería hacer una película, ¿saben?. Yo, una vez, tuve la gran suerte de leer en la estupenda cama de un hotel estupendísimo unos tratados sexuales de un tal Lucernay. Un tratadista sexual de los años 30, chiflado, pero muy avispado el tipo, que encandiló en su época a una sociedad reprimida y analfabeta en la materia. Una auténtica pieza de museo que consiguió encandilarme a mí 80 años más tarde, obligándome a reposar en cama y prolongar mi estancia en ese hotel sin poder parar de leer los infinitos disparates sexuales que un lunático Lucernay explicaba con todo lujo de detalle.
De buena gana hubiese yo pedido una fotocopiadora al servicio de habitaciones. De buena gana me hubiese instalado en esa habitación de hotel por muchas semanas y meses, de por vida. De buena gana hubiese robado yo cada ejemplar de esa colección. De buena gana.
A falta de fotocopiadora y de crédito en mi cuenta bancaria, sólo me quedó la opción de tomar notas y recordar los máximos disparates posibles para aprovecharlos de alguna manera, quizá, en algún guión tragicómico, algún relato corto, crónica suelta o lo que fuese.
Así que, ahora, recupero mi cuaderno de notas y rememoro, con esfuerzo, capítulos como el de “El erotismo de las locas”, como prueba de mayor sexualidad; “La mirada ovariana”, sobre el brillo que suelen tener los ojos de ciertas mujeres como signo interno de irritación ovariana; “El licor espermático”, lo que los modernos desinformados ahora llamamos semen; “Sobre la bilis, la melancolía, la flema y la sangre” y las “Perversiones histéricas”, sobre el histerismo que padecemos las mujeres de alta libido… Y así muchas estafas disparatadas más.
Resulta que esa película ya está hecha. Que Woody Allen se me adelantó con los tratados del Dr. David Reuben y que, encima, la hizo tremendamente brillante. Con, exactamente, el mismo tono irónico y punzante que imaginaba utilizar yo en esa cama de hotel, Allen descubre el timo de los afrodisíacos; la doble vida tan frustrante de los practicantes de la sodomía; el falso y desconocido concepto de frigidez femenina; la dudosa equivalencia entre homosexualidad y travestismo; la perversidad de los “pervertidos sexuales”; lo absurdo de la experimentación científica en lo sexual y el largo camino de un espermatozoide aterrado hasta encontrar su ansiado óvulo.
En fin… que yo me quedé sin película, pero con un inolvidable Lucernay grabado eternamente en mi memoria, y sobre todo, con un valioso “conocimiento” sexual que no tiene precio, señores. No tiene precio…
© Del Texto: Sonia Hirsch