abr 17 2010

El gran Gatsby: Comprar un pasado


michael buble – sway

Nueva York. Verano de 1.922.
Esta es la historia de Jay Gatsby, un nuevo rico empeñado en comprar a toda costa el amor de Daisy Buchanan, una rica de verdad, una frívola caprichosa camuflada en vaporosos vestidos y voz llena de dinero.
La historia nos la cuenta Nick Carraway, el primo de Daisy Buchanan y el único personaje ético y cabal de toda esta tragedia griega. Un observador pasivo ante una sociedad hedonista, derrochadora y caprichosa, que con sus excesos y lujos hasta la exageración, consiguieron llevar a un planeta entero a una gran depresión en el 29.
Como dos inmaduros fantasiosos e infantiloides, jugando al inviable amor eterno, Gatsby y Daisy, se alimentan inutilmente de su vieja historia de amor llegando hasta el colmo de la cursiléría.
Envuelto en esa atmósfera de palacios deslumbrantes y fastuosas veladas de jazz, Jay Gatsby se exhibe bajo una lluvia de infinitas camisas, juegos de té de precios incalculables y Morgan amarillo último modelo. Una mundana escenografía adornada de un “falso” romanticismo dónde todo, hasta el pasado, se puede comprar, dónde las apariencias engañan más que nunca y dónde la única salida de emergencia es un disparo por detrás en la piscina.

Traje de baño espectacular. Jazz añejo “no empático”. Colchoneta flotante a la deriva. Jay Gatsby, víctima de su propia osadía, toma un baño en su fastuosa piscina. Flota de espaldas en colchoneta. A su espalda, las puertas acristaladas y perfectas de su mansión. Tras éstas, perfectos visillos blancos se mueven perfectamente con la brisa. A continuación, un perfecto proletario dispara la bala perfecta que aniquila las tristes ilusiones de un triste nuevo rico. Y en un solitario entierro, sin más testigos que la voz de la moral y la franqueza de Nick Carraway, termina la historia de este héroe trágico condenado a la consecución de un trágico ideal.
Tras esta breve radiografía, aclarar que adoro a Jay Gatsby, sus camisas y su Morgan amarillo. Sus perfectas preguntas y respuestas. Su delicadeza, tan extrema y tan “incorrecta” siempre, y sus aires de perdedor nuevo rico que a mí me derriten como la tonta Daisy Buchanan que soy.
© Del Texto: Sonia Hirsch