abr 12 2010

La Lista de Schindler: Ya lo sabíamos, Steven

No me gustó, no me gusta y dudo mucho que llegue a gustarme esta película jamás.
Cuando alguien que quiere contar un mundo se compromete consigo mismo suele ocurrir que consigue cosas grandes (mastodónticas) a base de cheques millonarios (mastodónticos), de repartos extraordinarios (mastodónticos también) y de lágrimas arrancadas con cierta facilidad. Es decir, consigue cosas grandes y sin importancia. El compromiso ha de adquirirse con ese mundo por contar, con los otros. Y, si hablamos de arte, lo grande no tiene porqué ser excelente. Ni siquiera bueno.
Eso es lo que le pasa a Steven Spielberg en La Lista de Schindler. Con la excusa de homenajear a un pueblo entero lo que hace es darse un homenaje a sí mismo. Yo no voy a negar que esas atrocidades que cuenta en su película fueran reales. Es posible que fueran aún peores que las que muestra. Yo no voy a negar que muchos de los miembros de las SS fueran monstruos. Yo no voy a negar que el pueblo judío haya sido perseguido durante siglos. No, no lo haré porque creo que todo eso es verdad. Lo que me parece estéril (a estas alturas) es rodar una película que cuente lo que ya sabemos, que lo cuente con una clara tendencia a la exageración en las formas. Más que nada porque, cuando se trata de narrar y se llevan las cosas al extremo, se corre el riesgo de hacer desaparecer a los personajes, todo se desliza al terreno de fuego de artificio y la pomposidad.
Por ejemplo, no me creo a Liam Nesson haciendo de Schindler porque no me dejan ver al personaje. Ni me creo a ninguno de los actores que interpretan a los presos judíos porque me parecen todos iguales. Alguien puede decir que en esas circunstancias todos eran iguales. Y es verdad. Pero Spielberg no juega a eso, no. Lo que quiere hacer es justo lo contrario sin conseguirlo. Ni me creo a los que interpretan a los militares alemanes por lo mismo. Es el bien contra el mal cuando el director quiere enseñar que el bien es el conjunto de los bondadosos y el mal el conjunto de los asesinos.
El único intento serio de evolución en un personaje que se hace en esta película le toca a Schindler y resulta patético por increíble. Poco a poco va viendo cosas que le hacen modificar su postura (eso es lo que Spielberg quiere colarnos), pero, al mismo tiempo, un espectador atento a lo que ve no entiende casi nada. Demasiada ambigüedad para llegar a un destino tan rotundo. La secuencia en la que Schindler se despide de sus trabajadores (la guerra ha terminado) es una de las más inverosímiles que recuerde.


Ciento ochenta y siete minutos de película. Si eliminamos salvajadas y escenas violentas la cosa se quedaría reducida a la mitad (soy generoso en el cálculo). ¿Tiene esto un sentido narrativo distinto al de acongojar al espectador para que nunca olvide quiénes fueron los buenos y quiénes los malos? Eso ya lo sabemos de sobra. Mucho arroz para tan poco pollo.
Tal y como sucede en literatura lo explícito suele funcionar regular. Si Spielberg intentara dejar más sitio a sus espectadores lograría películas de mayor calidad expresiva. Contar todo es un tostón. Y contar siempre lo mismo durante más de tres horas un horror.
© Del Texto: Nirek Sabal