El último tango en París: Sin retroceso


Ron Carter – Can�ao do sal

Un ordenador, un envase de mantequilla y unos dedos juguetones. Podría empezar con estas tres cosas para intentar poner al personal en disposición de leer una reseña erótica de “Un tango en París”. Espero no defraudar a nadie, pero para mí “El último tango en París” tiene muchísimas connotaciones además de esa.
Una de ellas, me remite a mi infancia. Sí, mi niñez. No es que fuera una niña de sexualidad precoz, pero cuando se estrenó “El último tango en París”, yo andaba dando tumbos por el mundo. Soy preconstitucional. Mi infancia estuvo marcada por cosas tan peregrinas como ir los domingos a la Plaza Cataluña a dar de comer a las palomas o las listas que mi madre entregaba a una vecina que los fines de semana iba a Andorra y nos proveía de azúcar, chocolate, queso de bola, colonias de lux y galletas danesas; y, la que ahora aquí me ocupa, la de poder señalar en el mapa de Francia donde estaba Perpiñán.
Sí, sabíamos dónde estaba Perpiñán porque hasta allí era donde nuestros padres decían ir a pasar el fin de semana y descansar aunque, en realidad, dar la excursión en cuestión no tenía otra finalidad que ir a ver “El último tango en París”. Se fletaban autobuses con la única finalidad de ir hasta Francia y ver como Marlon Brando sodomizaba a María Schneider a base de mantequilla. Eso y no otra cosa es lo que de boca en boca corría por aquella época.
Siempre me intrigó esta película, así que, cuando pude, me hice con una copia de aquella película que había sido censurada en España y que había provocado autenticas caravanas en la frontera de la Jonquera.
El film nos sitúa en París, a principio de los años 70. Paul (Marlon Brando), un hombre de 45 años que acaba de enviudar y Jeanne, una muchacha de 20 años (María Schneider), actriz amateur, se encuentran casualmente mientras visitan un piso de alquiler en París. Desde ese primer encuentro casual, la atracción entre ellos surge de una manera brutal, de manera que sin cruzar apenas unas palabras, terminan haciendo el amor de una manera casi animal, en un piso totalmente vacío. A partir de ese momento, los encuentros en ese piso, que alquila Paul, se irán prolongando en el tiempo. Entre ellos se establece una relación que traspasa lo carnal para adentrarse en las relaciones violentas y de sumisión de Jeanne a Paul.

“El último tango en París” ha sido una película que además de lo sexual, trata de otras muchísimas otras cuestiones, bastante más sustanciosas, salvo que nos queramos quedar en lo meramente sexual, pero que han pasado totalmente desapercibidas. Retrata la crisis existencial de un hombre que siente la necesidad de romper con todo aquello que le ata al pasado e incluso al futuro. Vivir el sexo por el sexo, completamente desligado de emocionales, sin necesidad de conocer nada del otro, nada de nada. Sin vivir más allá del momento en el que están. Sin embargo, el sufrimiento no desaparece, sino todo lo contrario, pues el condicionante de no entrar en el mundo de uno y de otro, dejando de lado las historias personales de cada uno. Viven un “no hay futuro”, un “no hay esperanza”, sin que la entrega absoluta de uno a otro pueda abstraerse de lo que cada uno son. La válvula de escape de sus vidas, esos encuentros tan poco corriente, alejados de los convencionalismos sociales de la época, se convierte, poco a poco, en el yugo que terminará degradándolos totalmente hasta el punto de desear morir. El posterior intento de acercamiento personal fracasa totalmente.
La estética de la película, absolutamente desnuda de artificios, intentando centrarlo todo en los planos de sus dos protagonistas, en un lugar vacío, vestido a base de diálogos centrados en un presente limitado, colaboran en la creación de una atmosfera que, lejos de ser tranquilizadora, sirve para aumentar la angustia que ya de por si transmiten ambos personajes, sobre todo el de Marlon Brando.
El film de Bertolucci es una obra maestra pues consigue transmitir la imposibilidad de dar marcha atrás a las consecuencias de nuestras propias decisiones, consecuencias, que como en este caso, tienen un final trágico que es absolutamente inevitable.
A destacar una vez más, la banda sonora. El músico Gato Barbieri fue inmediatamente reconocido mundialmente a partir de su intervención en esta película.
Les recomiendo vean “El último tango en Paris” y que escudriñen en al metafísica de sus personajes, no se dejen engañar por la simple mantequilla.
© Del Texto: Anita Noire

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