Habana Blues: Tomar los mandos. Otra vez.


Si me siento a pensar en las cosas que he hecho porque convenía hacerlas, porque era lo que tocaba, porque era lo políticamente correcto, me entra vértigo. Y esa sensación de mareo la tengo, sobre todo, cuando pienso en que algunas de ellas las he hecho contraviniendo lo que realmente quería o en lo que creía. Hacerse mayor tiene esas cosas, uno mira su mochila y se da cuenta de la cantidad de cosas que se termina haciendo a contra corazón. Pero, como todo, somos cíclicos, y traspasada esa locura de querer comerse el mundo a enormes bocados, dejándote jirones de tu persona colgados donde no debías o no querías, vuelves a tomar los mandos de tu vida. Necesitamos volver a nuestra esencia. A no tener que hacer lo que no queremos, a no tener que seguir aquello en lo que no creemos. Cuando empecé a trabajar en la que actualmente es mi profesión, recuerdo que un compañero veterano me dijo algo así como “bonita, cuando entres por esa puerta los cojones los dejas en el colgador que hay detrás de la misma. Cuando salgas, los coges de nuevo”. Debo decir que llevé mal aquella máxima, pero tragué con ella lo que fue necesario. Hoy, tras más de una, de dos, y de tres bofetadas vitales, pienso que, ni en mi trabajo ni en mi vida voy a colgar nada detrás de ningún sitio. Lo llevaré conmigo, pese lo que pese, tarde lo que tarde, me cueste lo que me cueste, me duela lo que me duela, aunque después me deje mi salario en psicoanálisis, pero no la época de las complacencias terminó.
Eso es “Habana blues”. La película de Benito Zambrano fue escrita en La Habana sobre el año 2003; en ella se nos narra la historia de dos amigos, de dos músicos, Ruy Santos (Alberto Joel García) y Tito García (Roberto Álvarez). Ambos cuentan en aquel momento con 28 años, que sueñan con triunfar en el mundo de la música y viven para ella. Tienen vidas completamente distintas, el primero vive con Caridad (Yailene Sierra) y dos hijos. El segundo vive con la abuela, Luz María (Zenia Marabal). Toda su vida se desarrolla en La Habana y se centra en la decisión de organizar un gran concierto que les de a conocer en Cuba. Trabajan incansablemente para conseguir un teatro, absolutamente desvencijado, para lo cual cuentan con el total apoyo del director del mismo y de las personas de su barrio. Mientras se encuentran organizando la celebración del mismo, contactan con ellos una productora discográfica española que busca músicos cubanos desconocidos para grabar un disco completamente nuevo. La condición, para que las ventas sean realmente ventajosas, unos contratos absolutamente esclavos que les llevaran a vivir fuera de la isla, y la imposición de que se opongan y critiquen desde el exterior el régimen cubano. A partir de este punto la historia llevará a sus protagonistas, antes unidos hasta el confín de la amistad, a que su relación se tambalee y se replanteen su propia vida.

La obra de Benito Zambrano nos habla de las relaciones personales, de la amistad, el amor, la colaboración, el distanciamiento y ruptura. Este y no otro, es el eje a través del que se construye esta historia. No esperen ver una obra política, una crítica encubierta a nada, porque no lo es.
En este film, lo que se no describen son los sentimientos que a uno le despierta la ruptura de la pareja, la perdida de los hijos, la amistad, el apego a la vida de uno, la ambición, la perdida de objetivos, la esperanza. Y nos muestra cómo, pese a los problemas, a las injusticias con las que nos podemos encontrar aún cuando no lo queramos, es el coraje, la capacidad de resistencia, la generosidad, la alegría de vivir, la que nos puede salvar de convertirnos en cadáveres andantes.
Esta producción tiene también como uno de sus máximos protagonistas la música. La banda sonora recoge unas 30 canciones, entre las que destaca “Arenas de soledad”. Los instrumentos principales son saxo, metales, guitarras, batería y armónica. Música joven cubana del momento.
No hay que perderse la enorme belleza visual de algunas de la secuencias de esta película, especialmente cuando nos muestra la ciudad de noche, nos pasea por el malecón, por los cientos de tejados de La Habana. Elementos increíbles, el Chevrolet del 52 de Tito, al que los propios protagonistas llaman “la máquina del tiempo, la permanente bicicleta de Ruy con la que se traslada de un lugar a otro de la isla. Las escenas del teatro completamente abandonado y que permite ver el cielo desde el patio de butacas (los interiores del teatro corresponden al Teatro Terry en Cienfuegos)
Estamos ante una película, divertida, con continua ebullición del color, de la vibración del buen ambiente, donde lo que importa es la amistad y la música.
No dejen de verla y, sobre todo, de escucharla.

© Del Texto: Anita Noire


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