abr 4 2010

Diarios de motocicleta: Cada bocanada de aire

Todo el mundo ha sido joven alguna vez. Todos los que dejamos de serlo sabemos que es la peor de las pérdidas personales que se sufren.
Dejar de ser joven es (entre otras cosas, aunque fundamental) perder la inocencia, dejarla atrás definitivamente. Unos la pierden a base de golpes. Los otros a base de tirones. Todos de forma violenta.
Soy de los que piensan que siempre termina extraviada por una o dos razones muy concretas. Algo ocurre y ya nada es igual por siempre jamás.
El viaje iniciático que narra Diarios de Motocicleta es una clara muestra de esto que digo.
Protagonistas. Alberto Granado y Ernesto Guevara. Jóvenes, inteligentes (uno es Bioquímico y el otro está a punto de licenciarse en Medicina). Alberto es vividor, liante y complaciente. Ernesto es honesto y auténtico.
A Ernesto, pasados unos años, se le conocerá como “Che Guevara”.
Un viaje de miles de kilómetros se convierte en un viaje lleno de miles de personas. Campesinos que malviven bajo la opresión de los terratenientes del cono sur americano. Campesinos que no se diferencian de ellos, que son iguales que esos terratenientes. Así lo van sintiendo.
Ernesto escribe un diario durante ese viaje. En él se describe cómo renuncia a lo más convencional de su vida (dinero, familia, novia). En él queda el rastro de lo que será de lucha personal años después.
Que nadie piense que se trata de una película llena de matices políticos. No es así. De lo que está llena es de amistad, de solidaridad y de ternura sin tintes rojos o azules. Rebosa una inocencia que se pierde con cada paso de los protagonistas. El director (muy habilidoso) maneja la imagen evitando que aparezca de forma explícita aquello que el espectador podrá poner o no. “Aquí se cuenta otra cosa, señores” parece querer decir en cada secuencia.
Ernesto afirma que la vida es “luchar por cada bocanada de aire y mandar a la muerte al carajo”. ¿No es eso dejar de ser joven? De esto y no de política habla la película.

El tema “Al Otro Lado del Río” del uruguayo Jorge Drexler es fantástico, un broche dorado; la interpretación de actores y actrices más que buena, la dirección estupenda y el guión (sobre todo lo demás) sobresale para convertir una vida en algo mucho más comprensible de lo que puede aparentar.
No se pierdan detalle alguno del momento en que Ernesto Guevara cruza a nado el río Amazonas. Aún no es el Che Guevara, es “el Fuser” (apodo con el que se refiere a él su amigo). Desde una orilla se le pide que regrese (eso es lo que representa lo convencional, el estudio, la comodidad, lo más alejado a la pobreza). Desde la otra (llena de enfermos leprosos, de marginados, de pobres sin esperanza) le piden que haga un esfuerzo por llegar. Es la zona narrativa de la película más simbólica de todas. Por eso es la que prefiero sin duda.
Perder la inocencia, “dejar la civilización estar más cerca de la tierra”, más cerca de uno mismo porque, al fin y al cabo, de la tierra venimos y en la tierra terminamos de nuevo.
Por favor, no se les ocurra dejar de ver esta película, de volver a verla, de recomendarla a los más jóvenes que tengan alrededor. Si les sirve de algo, sepan que yo la vi cuando había perdido mi inocencia del todo y recuperé algo de ella, algo de esa juventud que nos permite disfrutar de la vida. Al menos sentirnos vivos.
© Del Texto: Nirek Sabal