Gigante: En pijama y con manta


Bill Evans – I Loves You, Porgy

Gigante es una de esas pocas películas que de pequeña me dejaron ver en casa porque los besos eran castos, no había cadáveres, y aunque lo largo de tres horas de peli y de un montón de idas y venidas, los hijos de Jordan y Leslie Benedict sacaban los pies del plato con los típicos conflictos generacionales y cambios sociales de la época, lo cierto es que Jordan acababa aceptando que su primogénito no quisiera ser ranchero y se casara con una medio mulata, su segunda hija hiciera lo propio con el hijo de un vecino que tampoco apuntaba muy alto, y la pequeña que era la más díscola pasara de casarse y se fuera a no sé dónde a estudiar moda, una profesión para señoritas. Al final se trataba solo de una familia unida que permanecía unida. Los hijos se pasaban pero no mucho, la codicia acababa teniendo su precio, los buenos ganaban siempre y allí no había trampa ni cartón.
Mamá tenía predilección por esa peli. El día que ponían Gigante nos preparaba unos sandwiches vegetales de tres pisos de lechuga, tomate, huevo duro, espárragos y mayonesa y un batido de fresa de medio litro por cabeza que podíamos tomar en el salón en pijama y con manta. “Ya veréis qué bonita. Os va a encantar, y lo guapísimo que está Rock Hudson cuando va a comprar un caballo a casa de Elizabeth Taylor y acaba perdiendo el tren de vuelta porque se enamora de ella”. Mamá si ya lo sabemos, nos lo dices todas las veces. Pero ella nada, le daba igual. Igual que cuando ponían Testigo de cargo, nos reventaba siempre el final. “No lo ha matado, lo ha ejecutado” decía dos segundos antes que Charles Laughton para demostrarnos que se lo sabía de memoria.

En Gigante menos mal, no se sabía los diálogos pero nos contaba veinte veces lo de que James Dean era tan inadaptado como en la peli, y que por correr como un loco se había matado en un accidente de coche durante el rodaje y que tuvieron que sustituirle por un doble que hacía como que era James Dean pero no era, y ya en casi todas las escenas le sacaban de lejos y con gafas de sol, para disimular. Yo estaba enamorada de Rock Hudson desde los primeros cinco minutos, y mis hermanas mayores me decían que Rock Hudson era un tortolito y yo un pichón, y que el guapo de verdad era James Dean haciendo de Jett Rink. Mis hermanas eran idiotas. Rock Hudson era tan alto que daba los besos de arriba abajo, porque además lo que se estilaba era que las mujeres fueran pequeñitas, como menudas, para que se notara mucho la diferencia entre ambos y quedara claro quién era el hombre, como en “Lo que el viento se llevó”, que para la escena con Vivien Leigh cuando Clark Gable la conduce hasta el camino hacia Tara con el fondo del cielo rojo, tuvieron que abrir zanjas para que Escarlata caminara por ellas y hubiera más diferencia de altura entre los dos. Eso con Rock Hudson no hubo que hacerlo. Era alto como una torre y tenía una sonrisa con hoyito que me gustaba bastante más que la de el Capitán Butler, que se lo tenía creidísimo.
A papá también le gustaba Gigante porque le encantaban las películas de vaqueros y los ojos violetas de Elizabeth Taylor.
En Gigante aprendimos que en el Sur de Estados Unidos los blancos echaban a los negros de los bares a patadas, aunque papá nos dijo que cuando él había estado en San Antonio de Tejas había aterrizado una noche en un garito donde por poco sale trasquilado, así que la cosa parecía que funcionaba en las dos direcciones según el antro, pero la peor parte se la llevaban los negros, eso estaba claro.
Al final nos íbamos a la cama a las tantas, después de recoger los restos del naufragio y de preparar los uniformes con la sensación de que habíamos visto una peli de mayores.
Qué felices éramos.
© Del Texto: pyyk


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