abr 2 2010

Al final de la escapada: La victoria del miedo sobre el amor



Richard Galliano – Waltz for Debbie

Esta mañana me levanto especialmente pedante y repipi. Así que pido disculpas de antemano a todos aquellos que se aventuren a leer este pomposo texto mío. Pero me es inevitable escribir sobre “Al finál de la escapada” y no mencionar ciertos tecnicismos de montaje, planificación, etc.
“Al finál de la escapada” trata sobre una pareja, una pistola y un coche. Nada más.
Michel Poiccard es uno de esos hombres muertos o casados de los que yo no puedo evitar enamorarme como una loca. Es un ladrón de coches y tremendo admirador de Bogart que en una carretera entre Marsella y París asesina fortuitamente a un motorista de la policía.
Patricia, la repartidora del New York Herald Tribune más encantadora del mundo. Aspirante a escritora, que lee a Faulkner en la cama recitando ese “entre la pesadumbre y la nada elijo la pesadumbre”.
Esta película, clave en el despertar de la nouvelle vague del cine francés, revolucionó, entre otras cosas, el montaje cinematográfico, saliéndose de las normas tradicionales de continuidad fílmica y con un raccord siempre brillando por su ausencia. Se rodó de forma improvisada, lo que liberaba al montaje de imposiciones previas. Su ritmo es vertiginoso, sus cortes bruscos e inoportunos, su rodaje baratísimo, sus decorados inexistentes, sus planos abstractos e incomprensibles para analistas y sabiondos.
Y, hablando de analistas y sabiondos, se me viene a la cabeza un examen de montaje cinematográfico al que fui muerta de miedo, y del que salí con nota gracias a mi amor incondicional por Jean-Luc Godard. En el aula proyectan una escena de “Al finál de la escapada”. En esta escena Michel y Patricia conversan en un descapotable. Una escena muy corriente, usual, pero con un novedoso y original cambio de plano. Aquí se sustituye el tedioso y habitual plano-contraplano usado normalmente en los diálogos por una serie de “jump cuts” (salto consecutivo a un corte dentro del mismo plano) de la nuca de Patricia, que rompe la continuidad de la escena en el coche.
Los analistas y sabiondos del cine insisten en que estas ausencias de raccord no son azarosas, sino que tienen un por qué, un sentido. Yo, como Godard, pienso que en el cine todo está permitido, y no pienso invertir un solo minuto en analizar cada “jump cut” de la estupenda nuca de Patricia.
Godard, como el resto de genios de la nouvelle vague, realizó una película de tendencia psicológica y presupuesto reducido. Una película rupturista e innovadora tanto técnica como argumentalmente. Una historia convencional, pero rodada de manera completamente distinta a como se había hecho anteriormente. Dónde predominan las formas sobre el contenido. Exactamente lo que yo valoro siempre en el cine y todas las artes en general.
Godard tuvo la suerte de dedicarle casi 30 minutos de película e infinidad de planos sin raccord alguno a una escena muy trivial que a mí me encanta, dónde los protagonistas, en la habitación de Patricia, conversan sobre su relación, sobre Renoir, sobre Faulkner, sobre Dylan Thomas…

Recuerdo, sobre todo, un momento en que Michel le pide a Patricia que sonría. Ella se niega. Él agarra suavemente su cuello y cuenta de 10 a 1 amenazando con estangularla si ella no sonríe al llegar al 1. Ella sonríe finalmente. Tiene miedo.
Y ahora, comparto con ustedes unas líneas que leí hace unos días y vienen a cuento. Unas líneas que me afectaron. Pero bueno, a mí me afectan muchas cosas. Decían así: “El miedo puede más que el amor. Siempre. El miedo puede más que nada. Y el amor, cuando lo es, es miedo. Y no puede consumarse, a no ser aniquilando a su objeto. Mejor sufrir deprisa. Sin resuello”.
Por miedo delata Patricia al fugitivo Michel, que, finalmente, muere de un disparo en la espalda con su cigarro en la boca hasta el último segundo. Con miedo se acerca Patricia al moribundo Michel. Con miedo escucha las últimas palabras de Michel: “Eres realmente asquerosa”. Con miedo pregunta Patricia a un policía: “¿Qué es el asco?”.
Y, ya, pasando de petulancias y fanfarronerías, diré que añoro de verdad esta película, que añoro esa noche que la vi a oscuras desde un sofá azul del XIX, cuando yo no sabía qué era un raccord, ni un “jump cut”, ni qué era el miedo ni el asco. Ni tantas cosas…
“Cuando miras algo, incluso una pared, ya hay un espectáculo. Me gustaría hacer un film sobre una pared. Miramos una pared y terminamos por ver cosas”. JEAN-LUC GODARD.
© Del Texto: Sonía Hirsch