abr 30 2010

Esplendor en la hierba: Oda a la inmortalidad

Es curioso como en una película basada en una oda a la inmortalidad sólo se escuche hablar sobre amores desgarrados, pozos de petróleo, responsabilidades paternales, incomprensiones generacionales, romances juveniles y todo un sinfín de pretextos cinematográficos.
Me gusta Elia Kazan. Me gusta como sortea la premisa de su argumento. Sus atajos. Cómo es capaz de condensar un colosal poema de Wordsworth en una histérica relación entre dos adolescentes.
Hace tiempo me afectaba mucho la desesperación de Deanie, la separación de Bud, la crueldad de los padres de ambos…
Todo lo presente me parecía eterno, firme, consolidado. El amor, la adolescencia, la euforia desmesurada… Nada parecía desvanecerse.
Todo era un pozo de petróleo inagotable del que yo podría subsistir toda mi vida. Yo no creía entonces en esos finales trágicos de Kazan. Qué va. Esos pataleos histéricos de Deanie en la bañera sólo pasaban en las películas. Esas despedidas tristísimas en un coche al sureste de Kansas sólo sucedían en los dramones tan amargos de William Inge.


Luego ya me hice mayor, como Bud y Deanie. Nos hicimos todos mayores… Y ese afán de eternidad que nos alimentó en la infancia, adolescencia, se fue escurriendo en un lento gota a gota por el desagüe eterno del paso del tiempo. La dichosa prudencia que nos otorga la voz de la experiencia y la madurez aplasta de una bofetada todo atisbo de perpetuidad. Siempre.
La permanencia que Deanie y Bud anhelaban en esas secuencias tan bucólicas e infinitas al sureste de Kansas suelen terminar siempre en pataleos de bañera junto a una madre que siempre lleva la razón, o, en el peor de los casos, en pataleos de diván junto a un especialista, que, también, siempre lleva la razón.
Yo, como practico el perspectivismo, y soy una persona absolutamente insensata e imprudente, les dejo a ustedes que pataleen dónde gusten. Total, “aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo”.
Yo patalearé en la cama. El gintonic se acaba, como todo.
© Del Texto: Sonia Hirsch


abr 29 2010

El diario de Bridget Jones: Espías en el salón

Hace algún tiempo estuve a punto buscarme un abogado para demandar a Helen Fielding, tras ver el “Diario de Bridget Jones” sospeché que, en algún momento del pasado, se había colado por la ventana de mi apartamento de soltera y se dedicó a anotar en su moleskine las cosas que, día a día, se iban sucediendo en mi vida, y que con todo ello, tiempo más tarde, escribió una novela y vendió los derechos a la industria cinematográfica.
Bridget Jones (Rennée Zellweger), mujer en los treinta, rubia, soltera no por elección, obsesionada con el peso, entre otras cosas, decide, como propósito de Año Nuevo, ordenar su vida: dejar de fumar, perder peso, encontrar al hombre de su vida. No son demasiadas ambiciones ni profundas, pero los problemas y conflictos que le generan no tienen desperdicio. Para intentar cumplir sus propósitos, la protagonista decide llevar un diario. Bridget Jones vive en permanente estado de crisis. Su vida sentimental, un desastre, dividida entre dos hombres, su jefe Daniel Cleaver (Hugh Grant), un caradura, guapo, encantador y con mucho peligro y Mark Darcy (Colin Firth) el hijo de los amigos de la familia, un tipo aparentemente aburrido, serio, formal. En la vida de Bridget son fundamentales sus amigos Judi, Shanon y Tom, quienes con su consejos, amistad, copas compartidas, harán la vida de Bridget no menos caótica, pero si más amable. Vaya por delante que me lo pasé bomba con la película.

Dicen que es una película birria, que Bridget representa a una tarada mental superficial, que se deja tocar el culo en su trabajo, que es ridícula en sus ambiciones, pero yo, repito, me lo pasé bomba. Me reí y me rio. No me importa reconocerlo, puede ser porque, pese a los años, sigo siendo una tarada mental. Posiblemente la película no tenga una calidad cinematográfica brutal, en algunas escenas los actores sobreactúan, eso es evidente en el caso de Rennée Zellweger, y en otros momentos parecen faltos de vida, es el caso de Colin Firth. Pero creo que estamos frente a un film sin más pretensión que entrenernos, no hacer un tratado sobre la mujer, las relaciones personales, ni sobre la influencia del alcohol y el tabaco en la población femenina. Pero lo que es indiscutible es que con esta película, cualquier mujer entre los 25 y los 35, puede haberse visto retratada. La que diga que no, o bien miente o bien es más aburrida que una ostra. Por eso tuvo tanto éxito esta película, no porque fuera una maravilla del séptimo arte, porque no lo es, sino porque retrata a todo un sector de mujeres y lo hace sin pretensión alguna.

¿Quién no ha contado alguna vez los kilos que ha engordado mientras se zampa un bote de helado en plena depresión amorosa? ¿Quién no ha contado la cantidad de copas que ha tomado mientras sufre una resaca espantosa post-party?¿Quién no se ha planteado en algún momento porque todos los tipos que conoce en estado de soltería, son como los baños públicos, o son un asco o están ocupados? ¿Quién no ha contado el tiempo que hace que tuvo buen sexo? ¿Cuántas veces no has pensado que con ese tanga estarías monísima pero que no hay nada más cómodo que unas bragas de cuello vuelto?
Precisamente porque la película evidenciaba, con auténtico sentido del humor, algunas de las situaciones en las que una treintañera corriente, de las que pisan la calle, se puede encontrar, por eso y no por otra cosa tuvo tanto éxito. Algunos puristas podrán decir que es una estupidez de película, pero yo, seguiré riéndome con ella y recordando mi apartamento de soltera, las tanganas que allí se montaban y seguiré anotando, como entonces, si mi peso oscila más de lo recomendable. Para terminar, yo veo cine porque me gusta, porque me entretiene y porque como en todo, para pasar un rato bueno no siempre es necesario estar rodeado de lo excelente, basta con que nos caiga en gracia y nos de buenos momentos.
Salud y que la disfruten.


abr 26 2010

El vigilante nocturno: Otra vez lo mismo



Diana Krall – the Days of Wine and Roses

Prácticamente al final de la película Martin (personaje principal) le dice a su amigo que si eso (lo que ha pasado) fuera una mala película de cine se llamaría El Vigilante Nocturno. Martin tiene toda la razón del mundo. Lo malo es que, efectivamente, eso que nos han contado es una mala película y se titula El Vigilante Nocturno. Un pestiño.
El argumento es previsible, muy previsible. Es verdad que es algo que arrastra desde siempre el género de suspense en cine. Se ve venir quién es el asesino y esas cosas. Pero, aunque muchos han defendido esta película desde que se estrenó, el danés Ole Bornedad (director) no logra disimular ni un elemento que pudiera dar pistas al espectador. El escenario en el que se mueven los personajes pasó en su momento (la película se estrenó en 1994) por ser asfixiante y gélido, el mejor de los posibles. Creo yo que un depósito de cadáveres, pasillos oscuros y las luces apagadas no son nada del otro mundo. Los personajes se perfilan desde lo inverosímil que es justo de lo que huye cualquiera que hace cine o literatura. También se dijo que el principal (Martin) era capaz de ser valiente y vulnerable, cuerdo y loco. ¿No es mejor utilizar dos personajes para presentar eso? Me parece un error presentar a un tipo soberbio y humilde. Se es una u otra cosa. Y los experimentos suelen ser un desastre.

Lo mejor de la película es el arranque. Un vigilante entrado en años deja su puesto por razones que no aparecen claras para que Martin lo ocupe. Todo queda en el aire. Esa es la única forma de tratar un tema como este. Contar todo es un error. Por tanto, la película va de más a menos. Crea unas expectativas que no se cumplen en ningún caso. Lo peor que puede pasar en una trama.
No merece la pena decir más. Es posible que si alguien decide echar un vistazo a la película pueda pensar que soy excesivamente crítico. Pero es que cuando se ha visto cine y te cuentan, una y mil veces, la misma cosa, te terminas aburriendo. Y lo que cuenta Bornedad ya me lo sabía desde que vi las primeras películas en el cine de barrio. Sólo otro punto de vista original y que aporte algo especial sirve. Lo de este danés no es el caso.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 25 2010

Ultimátum a la Tierra: Desde un plato sopero


Jesse and Joy – Espacio Sideral

Si me gusta el cine que se hacía en los años cincuenta es, sobre todo, por su inocencia. Es verdad que no todas las películas son inocentonas, pero las que sí lo son, lo son a más no poder.
Un ejemplo claro de lo que digo es Ultimátum a la Tierra.
Un platillo volante llega a la tierra (un plato sopero vuelto del revés porque los efectos especiales no daban para más). Klaatu (Michael Rennie), un alienígena superbueno y educadísimo, acompañado de un robot parecido a esos muñequitos que regalan en el Burguer King (este peligroso y destructivo en caso de agresión), salen a dar una vueltecita por el planeta Tierra. Lo primero que hacen los soldados norteamericanos es pegar un tiro a Klaatu que no pierde su exquisita educación. El robot si la pierde y se lía a lanzar rayos cósmicos de lo más demoledores. La cosa se queda en casi nada porque Klaatu se apiada. El caso es que el alienígena convive con los humanos (que no entienden nada y siguen pegando mamporros en cuanto pueden). Conoce a una hermosa joven (Patricia Neal) y, a través de su hijo, se encuentra con un científico (Sam Jaffe que, efectivamente, tiene cara de investigador listo relisto). Tras correr de un sitio a otro, Klaatu la palma achicharrado a tiros. Otra vez el ejército salvador de los Estados Unidos de América. Pero el robot le devuelve la vida y Klaatu puede hablar con científicos de todo el mundo convocados por su amigo. “Como sigáis en este plan os mando al robot que tengo a la espalda y os advierto que tiene muy mala leche” les dice desde el borde del plato sopero. Y se va dejando a la humanidad pensativa.
Ya sé que he sido muy mala persona resumiendo la película. Dicho así, no creo que exista una persona humana dispuesta a tragarse ni los créditos. Pero quiero ser justo porque la película merece la pena. Con unos efectos especiales básicos, con un reparto muy justito; un guión, a veces, infantil; y unos decorados muy de andar por casa, la película es muy agradable de ver, enseña un mundo violento que debe dejar de serlo, señala el problema en el ejército y la solución en la bondad. Es una película de malos y buenos. Los malos todos nosotros. Los buenos son los que dedican su vida a tratar de hacer de la humanidad algo mejor.
Ultimátum a la Tierra se puede ver en casa con los niños comiendo palomitas. Se les puede explicar sin problemas. Y no tendrán pesadillas nocturnas a pesar de plantearse el fin del mundo por ser tan tocinos como somos.
De verdad, que merece la pena. Busquen una copia en el video club, preparen la sonrisa y dejen que les lleven de viaje en un plato hondo puesto de revés. Mola mazo.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 24 2010

Lost in translation: Silencios y miradas



02 coldplay – a message

Podemos construir la vida sobre una montaña de palabras grandilocuentes, gruesas e inmensamente falsas y que esa vida sea absolutamente hueca. Pero podemos construirla partir de silencios cómplices, de miradas que se encuentran en medio de la nada, dando ambos aquello que ninguna otra cosa, por explícita que sea, nos puede entregar.

“Lost in Traslation” es precisamente una de las películas donde los silencios y las miradas son los protagonistas de la historia de dos personas, que no saben nada uno del otro, que son tan absolutamente distintas, que lo único que tienen en común es la brutal soledad que les acompaña y un destino incierto. Perdidos en sus respectivos universos. Sólo cuando se encuentran el uno al otro, en medio de un mundo en el que no entienden anda, son capaces de empezar a volver a retomar sus vidas.

Bob Harrys (Bill Murray), una estrella de cine en franca decadencia, con un matrimonio en punto muerto, conoce en el hotel en el que se hospeda, en Tokio, a una joven mujer, Charlotte (Scarlette Johansson), esposa de un fotógrafo absorbido por su trabajo. Entre ellos se iniciará una relación, que les permitirá no sucumbir a una vida que no les gusta, a un insomnio imposible de redimir y a sus respectivas inestabilidades.

La primera vez que vi esta película atravesaba un momento triste, no entendía nada de lo que ocurría alrededor mío y tenía la sensación de vagar de un sitio a otro sin saber hacía donde iba. Por eso, supongo, me pareció que no se podía reflejar mejor la pérdida de uno mismo. Alucié con Sofia Coppola, porque pensé que sólo alguien que se ha sentido perdido puede plasmar como ella lo hizo, esa sensación de naufragio personal.

Los elementos con los que juega Coppola son brutales. Una ciudad con una vida constante, sobrepoblada y dos personas en medio del caos urbano que no comprenden nada de lo hay a su alrededor, que no encajan con lo que les rodea. Las caras de Bill Murray, sobre todo al inicio de la película, no tienen precio. Permanentemente descolocado, perdido entre un mundo que se mueve ajeno a él. Un convidado de piedra. Scarlette Johansson, la permanente cara de tristeza, en una vida caótica, perdida, es difícil de superar.


Los símbolos, como digo, me parecen fantásticos: unos directores de publicidad que no se entienden con su actor. Un actor que no entiende nada de lo que dice. Una habitación con mecanismos que funcionan solos sin que su morador haga nada. Una habitación de hotel desordenada que nos muestra la provisionalidad de todo. Los protagonistas permanentemente solos salvo los momentos en que están juntos. Y todo lo ajeno, rozando lo ridículo, traductores que traducen lo que quieren, prostitutas de lujo que fingen ser virtuosas damas, cantantes de jazz que no pasan de ser caricaturas de si mismas. Me parece brutal.

Con el tiempo volví a ver la película. Atravesaba un momento más dulce y alguien me ofreció una lectura completamente distinta. Algo así como que en la pérdida está la ganancia, la posibilidad de dar con lo verdaderamente valioso y excepcional.

Andamos perdidos por el mundo, pero los encuentros casuales te pueden dar la vuelta como un calcetín. De repente muchas cosas cobran sentido, entiendes el punto en el que te encuentras y comprendes que debes empezar a caminar hacia algún lugar que, hasta entonces, tal vez ni tan siquiera sabías que existía.
Si alguien es capaz de devolverte la risa, de hacerte creer en ti mismo, de proporcionarte motivos para quererte un poco más, has tenido suerte, la vida se te ha puesto de cara.

Me gustaría quedarme permanente con esta visión, pero el final de “The lost in Traslation” me devuelve a la realidad de lo fugaces que pueden ser las risas, de lo finos que son los caminos que nos llevan de un lugar a otro, y de la necesidad permanente de reencontrarnos con nosotros mismos porque, este nosotros es el único que permanecerá, por siempre más, junto a nosotros, lo demás todo es efímero.

Por último, no se pierdan la fotografía, las vistas de Tokio, la atmosfera que crea Coppola, es una maravilla más de las que se encierran en esta película en la que, puntualmente, seguiré pensando, pues en mi mundo se encierran Bob y Charlotte en un encadenamiento infinito de pérdidas y reencuentros.


abr 21 2010

Los amigos de Peter: Ladera abajo está la nostalgia


The Pretenders – Don�t get me Wrong

Que el tiempo no pasa en balde es algo que todos sabemos. Que lo que somos hoy, posiblemente nada tendrá que ver con lo que seamos dentro de 10, 15 ó 20 años, esa es una realidad.
Cumplir años e ir acumulando experiencias, gustos y disgustos en nuestra mochila, no hace más que acrecentar la nostalgia, ese sentimiento que difícilmente se tienen a los 18, a los 20 ó incluso a los 30.
Siempre comparo la vida con una montaña. Empiezas subiendo, intentando ascender a la cumbre, sin medir las fuerzas, dejándolo todo a cada paso. Con el tiempo, mientras vas ascendiendo, y empiezas a notar el cansancio, el paso se hace más mesurado, calculas las fuerzas, se resienten los pies, las piernas y te planteas incluso quien te mandaba embarcarte en subir por ahí, pero sigues subiendo y en un momento dado, cuando menos lo esperas, llegas a la cumbre, te paras, respiras, miras a tu alrededor, la senda por la que ha ascendido y empieza el descenso. Ahí es cuando debes controlarlo todo para no quedar definitivamente desfondado y recuerdas cuando y como iniciaste el camino, que esperabas encontrar, y piensas en todo lo que estaba por ver, por sentir. La vida no es otra cosa que la escalada a una montaña, una vertiente de subida y otra de bajada.
“Los amigos de Peter”, una película de Kenneth Branagh que nos sitúa frente a la montaña.
Esta película, que bien podría ser una obra de teatro, porque los escenarios que nos muestra son prácticamente todos lugares cerrados, un salón, unos dormitorios, se encuentra más próximo a una representación teatral donde lo que importa son los personajes y no los ambientes exteriores.
Tengo la sensación que Branagh quería mostrarnos a las personas, su evolución, el cambio de las relaciones personales, y para ello no necesitaba más que colocarlas en lugares cerrados, donde no hay escapatoria, donde los personajes tienen que enfrentarse con ellos mismo, con su pasado y con su posición frente a un futuro incierto.
La sinopsis: Los padres Peter (Stephen Fry) han fallecido, no tiene pareja, no tiene hijos. Está sólo. Hereda una inmensa casa y decide invitar a sus mejores amigos a celebrar el fin de año en la gran mansión familiar. Invita a sus amigos de la universidad, unas personas a las que ya no ve, pero que formaron parte de su vida organizando obras de teatro y revistas musicales cuando eran estudiantes. Han transcurrido más de diez años desde la última vez que se vieron, ya no son los mismos, sí en apariencia, pero no en el fondo. La convivencia, inicialmente feliz por la alegría del reencuentro, les pone frente a sus vidas, sus matrimonios de conveniencias, sus relaciones fracasadas, sus sueños aparcados. Intentan ser los mismos durante dos días. Pero nada es lo mismo, ellos lo ven y Peter mediante una noticia final, lo hará más evidente todavía.
La película, nos habla de la nostalgia, pero no transmite un solo mensaje negativo, intenta mostrarnos que la tristeza, la melancolía en muchas ocasiones se emulsiona con la alegría de poder continuar, de poder encontrar por el camino cosas tan estupendas de las que difícilmente seríamos consciente si no conociéramos el lado amargo de la vida. Siempre encuentro un mensaje positivo en este film.
Puede que a algunos le parezca una película llena de tópicos, de una estética nada agraciada, más cercana al teatro que al cine, con unos diálogos un tanto faltos de chispa. Algunos creerán que no pasa nada, que es lenta, pero eso es mirar la película sin ver lo que realmente ocurre en la pantalla y en nuestra propia vida. A mí siempre me ha parecido una película que vale la pena.
El elenco de actores, un lujazo: Emma Thompson, Imelda Staunton, Hug Laurie, Alphonsia Emmanuel ,Phillida Law, Stephen Fry y Carol Rundner. Muy british, pero excelente, inigualable para una película como ésta. Una película coral, donde todos junto a todos, forman un conjunto insuperable. Todos excéntricos, todos maniáticos, todos excelentes.
Por último, no podemos dejar de hablar de la banda sonora, los amantes de la música de los años 80 no deberían perdérsela, entre otras los Pretenders con su “Don´t get me wrong” acompañarán distintos momentos de esta película que para mí sigue siendo el fiel reflejo de lo que todos pensamos cuando cruzamos al otro lado de la ladera de la montaña. Pero eso lo sé hoy, no lo sabía a principio de los 90.
© Del Texto: Anita Noire


abr 20 2010

De cuando Allen se me adelantó


Diverse – Dinah Washigton – Mad about the boy

Verán. Yo tenía la idea de una película. Yo quería hacer una película, ¿saben?. Yo, una vez, tuve la gran suerte de leer en la estupenda cama de un hotel estupendísimo unos tratados sexuales de un tal Lucernay. Un tratadista sexual de los años 30, chiflado, pero muy avispado el tipo, que encandiló en su época a una sociedad reprimida y analfabeta en la materia. Una auténtica pieza de museo que consiguió encandilarme a mí 80 años más tarde, obligándome a reposar en cama y prolongar mi estancia en ese hotel sin poder parar de leer los infinitos disparates sexuales que un lunático Lucernay explicaba con todo lujo de detalle.
De buena gana hubiese yo pedido una fotocopiadora al servicio de habitaciones. De buena gana me hubiese instalado en esa habitación de hotel por muchas semanas y meses, de por vida. De buena gana hubiese robado yo cada ejemplar de esa colección. De buena gana.
A falta de fotocopiadora y de crédito en mi cuenta bancaria, sólo me quedó la opción de tomar notas y recordar los máximos disparates posibles para aprovecharlos de alguna manera, quizá, en algún guión tragicómico, algún relato corto, crónica suelta o lo que fuese.
Así que, ahora, recupero mi cuaderno de notas y rememoro, con esfuerzo, capítulos como el de “El erotismo de las locas”, como prueba de mayor sexualidad; “La mirada ovariana”, sobre el brillo que suelen tener los ojos de ciertas mujeres como signo interno de irritación ovariana; “El licor espermático”, lo que los modernos desinformados ahora llamamos semen; “Sobre la bilis, la melancolía, la flema y la sangre” y las “Perversiones histéricas”, sobre el histerismo que padecemos las mujeres de alta libido… Y así muchas estafas disparatadas más.
Resulta que esa película ya está hecha. Que Woody Allen se me adelantó con los tratados del Dr. David Reuben y que, encima, la hizo tremendamente brillante. Con, exactamente, el mismo tono irónico y punzante que imaginaba utilizar yo en esa cama de hotel, Allen descubre el timo de los afrodisíacos; la doble vida tan frustrante de los practicantes de la sodomía; el falso y desconocido concepto de frigidez femenina; la dudosa equivalencia entre homosexualidad y travestismo; la perversidad de los “pervertidos sexuales”; lo absurdo de la experimentación científica en lo sexual y el largo camino de un espermatozoide aterrado hasta encontrar su ansiado óvulo.
En fin… que yo me quedé sin película, pero con un inolvidable Lucernay grabado eternamente en mi memoria, y sobre todo, con un valioso “conocimiento” sexual que no tiene precio, señores. No tiene precio…
© Del Texto: Sonia Hirsch


abr 18 2010

Historias de Filadelfia: Todo se hace mayor



scott joplin – ragtime

Cada uno con sus debilidades. Una de las mías, el cine americano de los años 40 y 50. Eso no es nada significativo. Mañana puedo darme un atracón de Nouvelle Vague y decirles que no puedo resistirme al cine francés, que Alain Resnais, Jean-Luc Godard y François Truffaut son la Santísima Trinidad y si pasado me doy un paseo por el panorama nacional soy capaz de jurar que no hay nadie mejor que Luis Escobar, Alfredo Landa y Gracita Morales.
Pero si bien no es significativo, si que puedo decir que “Historias de Filadelfia” es una de mis películas favoritas. Lo tiene todo, una historia que me divierte, unos actores que lo bordan y la capacidad de dejarte un buen sabor de boca sin empalagar.
La trama se centra en 1939, durante el transcurso de 24 horas, en una mansión señorial de Filadelpia (Pensilvania). Narra la historia de Tracy Lord (Katharine Hepburn), hija de una familia acaudalada, muy conocida en la ciudad, divorciada de C.K. Dexter Haven (Cary Grant). Tracy es indómita, caprichosa, vanidosa, con un fuerte temperamento. Trascurridos dos años del divorcio de su primer marido C.K. Dexter, está a punto de contraer matrimonio con George Kittredge (John Howard), un hombre oscuro, aburrido y mediocre.
El hilo conductor de la película lo conforma el carácter obstinado de Tracy y las ganas de desquitarse de Dexter que, para fastidiar a su exesposa, se pondrá de acuerdo con una revista del corazón (“Spy”), para que un periodista Macauley “Mike” Connor (James Stewart), junto con la fotógrafa Elizabeth “Liz” Imbrie (Ruth Hussey), tengan acceso a la mansión de Tracy, el día antes de la boda.
A lo largo de esa única jornada que discurre en la mansión de Tracy Lord, comienzan las situaciones confusas en las que la protagonista llegará a creer que tiene que elegir entre un novio del que no está enamorada, un admirador entrañable y un exmarido que la irrita con sus desaires pero del que en el fondo sigue enamorada.
Estamos frente es una comedia romántica basada en la obra de teatro del dramaturgo Philip Barry “The Philadelphia Story” escrita en el año 1939. Esta película le valió a James Steward el primero de los dos Oscars que recibió a lo largo de su carrera. Por otro lado, Katherine Hepburn (la mejor) bordó su papel de millonaria caprichosa e indolente en apariencia.
A modo de anécdota contar que Howard Hughes, compró los derechos de la pieza teatral como regalo para su amiga Katherine Hepburn, para que pudiera interpretar un papel lo suficientemente femenino que la ayudara a deshacerse de su fama de mujer poco femenina y descaradamente osada. K. Hepburn intentó desde un principio “colar de rondón” a sus amigos Clark Gable y sobre todo a su querido Spencer Tracy, pero finalmente recayó el papel en Gary Grant, por imposibilidad de agenda de los anteriores, lo cual, en realidad, fue una gran suerte para la propia película.
En este sentido puedo decir que la estrategia de Hughes falló estrepitosamente. Para mi la Hepburn siempre será esta mujer encantadoramente descarada en la que mirarse. La fuerza, personalidad y genio que trasmite esta actriz ha sido pocas veces superada. Nada voy a decir en cuanto a su fama de mujer poco femenina pues, posiblemente, eso obedezca a los cánones de las épocas, pero siempre he pensado que nadie como ella lució unos pantalones de talle alto y una camisa de hombre. Si no me creen busquen sus fotografías en Internet tienen miles) y verán como terminan dándome la razón.
La película es una comedia romántica de enredo, en la que desde el inicio se intuye la lucha de sexos y crítica social a ese grupúsculo ocioso que conforma la alta sociedad americana de la época.
En la primera escena del film, el punto y final del matrimonio de Tracy y Dexter. La primera rompiendo, en la puerta de la mansión, un palo de golf de Dexter y éste, irritado, la empuja hasta tirarla al suelo. Hoy en día, esta imagen no pasaría el filtro de lo políticamente correcto, por aquello de la violencia sobre la mujer. Sin embargo, pese a ello (quizás porque no soy nada correcta políticamente hablando), es muy buena por lo graciosa que resulta y porque no deja de ser el reflejo de lo que en aquellos momentos podía hacerse y hoy en día continuamos deseando hacer cuando se monta la marimorena matrimonial. No pasa nada.
Sin embargo, es cierto que el tiempo no pasa en balde para nadie, ni siquiera para las películas y lo que en su momento podía parecer desternillante, a la vista de hoy puede no parecerlo. No nos resulta extraño que actualmente tenga un carácter fuerte e indómito de una mujer, que eso nada tiene que ver con la feminidad. Pero en los años 40, cuando se rodó el film, estas circunstancias no acostumbraban a ser lo habitual.
Hepburn, con su personaje y en definitiva con su vida (vale la pena empaparse de su historia junto a Spencer Tracy), demuestra que los convencionalismos sociales sirven de poco cuando uno es como es. A eso me apunto, aunque a veces tenga que hacer grandes esfuerzos para ello.
Por último, destacar la música de este film, en concreto a Franz Wazman con “Main Title”, “MGM Fanfarria” y”The True Love”. Añade 2 canciones ajenas (“Lydia, The Tattooed Lady” y “Over The Rainbow”) y la marcha nupcial de Mendelssohn.
Si quieren ver una buena película, de cine clásico, con una trama no sólo inteligente, sino bien resuelta, no dejen de ver esta película. y si quieren conocer a una actriz como la copa de un pino no olviden leer y ver, todo lo que puedan de mi adorada Katherine Hepburn.
Que la disfruten.
© Del Texto: Anita Noire


abr 17 2010

El gran Gatsby: Comprar un pasado


michael buble – sway

Nueva York. Verano de 1.922.
Esta es la historia de Jay Gatsby, un nuevo rico empeñado en comprar a toda costa el amor de Daisy Buchanan, una rica de verdad, una frívola caprichosa camuflada en vaporosos vestidos y voz llena de dinero.
La historia nos la cuenta Nick Carraway, el primo de Daisy Buchanan y el único personaje ético y cabal de toda esta tragedia griega. Un observador pasivo ante una sociedad hedonista, derrochadora y caprichosa, que con sus excesos y lujos hasta la exageración, consiguieron llevar a un planeta entero a una gran depresión en el 29.
Como dos inmaduros fantasiosos e infantiloides, jugando al inviable amor eterno, Gatsby y Daisy, se alimentan inutilmente de su vieja historia de amor llegando hasta el colmo de la cursiléría.
Envuelto en esa atmósfera de palacios deslumbrantes y fastuosas veladas de jazz, Jay Gatsby se exhibe bajo una lluvia de infinitas camisas, juegos de té de precios incalculables y Morgan amarillo último modelo. Una mundana escenografía adornada de un “falso” romanticismo dónde todo, hasta el pasado, se puede comprar, dónde las apariencias engañan más que nunca y dónde la única salida de emergencia es un disparo por detrás en la piscina.

Traje de baño espectacular. Jazz añejo “no empático”. Colchoneta flotante a la deriva. Jay Gatsby, víctima de su propia osadía, toma un baño en su fastuosa piscina. Flota de espaldas en colchoneta. A su espalda, las puertas acristaladas y perfectas de su mansión. Tras éstas, perfectos visillos blancos se mueven perfectamente con la brisa. A continuación, un perfecto proletario dispara la bala perfecta que aniquila las tristes ilusiones de un triste nuevo rico. Y en un solitario entierro, sin más testigos que la voz de la moral y la franqueza de Nick Carraway, termina la historia de este héroe trágico condenado a la consecución de un trágico ideal.
Tras esta breve radiografía, aclarar que adoro a Jay Gatsby, sus camisas y su Morgan amarillo. Sus perfectas preguntas y respuestas. Su delicadeza, tan extrema y tan “incorrecta” siempre, y sus aires de perdedor nuevo rico que a mí me derriten como la tonta Daisy Buchanan que soy.
© Del Texto: Sonia Hirsch

abr 14 2010

Cita con Venus: Salvar a la vaca


brad mehldau – martha my dear

Siempre he pensado que el sentido del humor tiene mucho que ver con la inteligencia. Creo, también, que no podemos ser permanentemente sesudos y que hasta los temas más espinosos pueden ser, en realidad, deben ser tratados con sentido del humor. Lo cortés no quita lo valiente y hay tiempo para todo.
Rebusco en mi cajón de “desastres” algo que ver esta tarde. Quiero unas risas fáciles o una sonrisa fácil, tampoco me voy a poner exigente. La primera de todas las cintas las de la película “Cita con Venus” de Ralph Thomas y que protagonizan David Niven y Glynis Johns.

La sinopsis de la película, a mi me parece muy original, sobre todo si tenemos en cuenta que los hechos se sitúan durante la época de la Segunda Guerra mundial, en el año 1940, y la película se rodó en 1951. Apenas habían transcurrido seis años desde la finalización del conflicto armado más grande y sangriento de la historia del mundo. De ahí que no sólo sea original por la trama en sí misma sino por el momento en que fue rodada.

El 10 de Julio de 1940 los nazis invaden Amorel, una estratégica isla británica. La ocupación causa gran consternación al ministro de agricultura de Gran Bretaña, ya que en la pequeña isla se encuentra ”Venus”, una vaca de extraordinario pedigrí y de gran valor. El ministro presiona a la oficina de guerra para que intervenga en la recuperación del preciado animal.

Mezclar el tema de los nazis y el rescate de una vaca me parece una genialidad. La película, pese a su desarrollo que pretende ser bélico es una auténtica comedia. Debo tener un día tonto porque sé que no es el mejor film del mundo, pero me parece una genialidad, no cinematográficamente hablando, pero sí como un reflejo de la manera en que se actúa desde las altas esferas.

El dialogo sobre el linaje de la vaca y su descendencia, tratado como una cuestión de estado no tiene desperdicio. Pero es que seguro que cuestiones tan estúpidas se tratan así. Un auténtico despliegue de medios (submarinos, movilización de soldados, preparación de estrategias), todo para rescatar a una vaca preñada.

Una gran boutade pero es que así son muchas cosas que en los Estados se debate. Grandes chorradas que nos hacen perder el tiempo, el dinero, la paciencia y la confianza en las personas que dirigen nuestros designios.

Ya saben, si tienen una tarde tonta y creen que el mundo es lo más serio que alguien puede tener entre manos, busquen esta película y verán como pareciendo los más serios del mundo, manteniendo diálogos la mar de profesionales, se puede estar hablado de las bobadas más colosales que nadie puede llegar a imaginar.

Ah, y a ver si descubren cuantas manchas tiene Venus sobre su lomo.
© Del Texto: Anita Noire