mar 22 2010

Creer en las personas. Precious.

Llevo una hora sentada frente a la pantalla. Intento ordenar mis ideas para poder escribir lo que realmente quiero contar y no he conseguido escribir una línea en todo este tiempo.
Suena en mi cabeza: Precious, Precious, Precious.
¿Se puede nacer en el infierno, crecer en el infierno y tener puestas las esperanzas en el futuro? ¿Puede alguien superar una existencia de humillaciones, vejaciones y maltrato que taladra no sólo el cuerpo sino también el alma? Sí, se puede. Con una batalla feroz, titánica, pero se puede. Existen personas con una llama interior, en permanentemente combustión, que les ayuda a sobrevivir entre la mierda, entre el dolor, entre la podredumbre que desde niños les inoculan en vena los que, se supone, deberían velar por ellos y quererlos. Estoy convencida de ello.
Y me repito: Precious y resiliencia; Precious y resiliencia; Precious y resiliencia.
La historia de Clarencee Precious Jones, es la de una niña de dieciséis años, negra, casi analfabeta, que espera su segundo hijo. El primero lo tuvo a los doce años, una niña con síndrome de down a la que conocen con el nombre de Mongo, cuyo padre es su propio padre. Vive en Harlem, con su madre (Mo’nique), en Lenox Avenue, el reino de los invisibles, de los sin voz. Su madre es una mujer obesa y cruel, cuya única ocupación durante el día es ver la televisión, comer lo que Precious le prepara, obtener las prestaciones de la beneficencia a costa de su hija y nieta, mientras la maltrata, culpabilizándola de las propias agresiones sexuales que sufre por parte de su padre, acusándola de robarle a su marido y tratándola del modo más denigrante posible. Precious tiene que abandonar la escuela a causa de su embarazo. El centro escolar es su única atadura al mundo cuerdo, al mundo de los adolescentes, el único lugar por el que siente algún interés y en el que consigue, aún siendo invisible, abandonar el mundo en el que vive. Precious acabara en un instituto para casos desesperados que para ella será el inicio del camino de la recuperación, de la esperanza. Pero allí, en el último escalón del pozo, cuando ya no queda más infierno al que bajar, encontrará a la señorita Rain (Paula Patton), una maestra joven junto con sus compañeras, otras chicas con vidas desquiciadas, pero juntas, con la ayuda de la asistenta social (Mariah Carey) y de un enfermero (Lenny Kravitz), será con ellos, con los que ven más allá de la simple apariencia, con quienes Precious comenzará su ascenso desde los infiernos.
Precious, es un personaje perfectamente elaborado, una contraposición entre lo aparente representado lo exterior, el mundo hostil, y lo invisible, lo interior, lo hermoso. Precious es gorda, fea, ninguneada despreciada, violada, maltratada, odiada, vejada, humillada por su padre, por su madre. Sin embargo Clarencee Precious Jones es inmensa, hermosa, única y con una voluntad de hierro que sólo los elegidos entre los excluidos poseen. Ella es la personificación de la resiliencia, de la humanidad, del instinto amoroso y de protección hacia los suyos, los verdaderamente suyos, los que dependen de ella, sus hijos. Unos hijos fruto del incesto, hijos de la violación de su propio padre, a los que ella, por encima de cualquiera cosa, ama y pretende alejar de la vida que ella ha tenido.

Y sólo pienso: Precious y amor, Precious y amor, Precious y amor.
Es una película durísima, brutal, donde la realidad, esa que existe y que los privilegiados a veces negamos mirando hacia otro lado porque nos tiemblan los cimientos, nos muestra que pese a todo y, pese a la maldad que presiden muchos de los actos de las personas, hay que continuar confiando en que existe buena gente. Que somos capaces de sufrir y soportar lo peor, caer en el de los infiernos, pero que desde la poltrona de nuestro bienestar.
Porque existen otros mundos pero están en este, aunque nosotros cada día intentemos correr estúpidos velos y cortinas para no tener que ver nada de todo eso que, por feo, por sucio, por deprimente, intentamos obviar. Pero, por suerte para los menos afortunados, siempre hay alguien que cree en las personas, que están ahí tendiendo manos, creando puentes para evitar que caigan al fondo de un pozo del que ya nadie les pueda sacar. Por eso, después de ver esta película, creo un poco más en las personas.
Precious es toda una lección. Sí señor.

© Del Texto: Anita Noire


mar 21 2010

El éxtasis de la incomprensión. 2001: una odisea del espacio.


La naturaleza elige, entre miles de millones, sólo unas pocas opciones para poder avanzar. Prueba siempre, de forma constante. Del mineral al vegetal. Más tarde al animal. Y, por último, hasta el hombre. Millones de años, miles de millones de pruebas fallidas. Pero avanza. Algún error logra sobrevivir. Por ejemplo, la gallina. Aunque lo normal es que esos fallos desaparezcan con cierta rapidez.
La inteligencia del ser humano sigue siendo el gran misterio. ¿Dónde podemos ubicar ese momento en el que el hombre comenzó a pensar? ¿Reflexionó desde el principio? Imposible saberlo. Sin embargo, nuestra capacidad de fabulación es colosal y eso nos lleva a poder imaginar cómo, dónde y para qué llegó esa capacidad exclusiva del hombre.
Todos podemos imaginar. Todos. Pero sólo algunos lo hacen dando forma a esas ideas con aspecto de novela, de película o de sinfonía. Y de esos, los menos, lo hacen desde la genialidad.
Stanley Kubrik es de esos poquitos que fueron capaces de hacerlo. Con genialidad, digo.
La primera vez que vi 2001: una odisea del espacio salí del cine fascinado. No había entendido nada, pero nada de nada. No importaba. La combinación entre imagen, música, diálogos y el clima completamente viciado por los progresos técnicos (algo hasta ese momento inofensivo) me habían dejado completamente extasiado. Sin entender nada, pero extasiado.


He perdido la cuenta de las veces que he visto la película. Creo que entiendo algunas cosas que antes habían pasado desapercibidas. Igual que creo que me hago el remolón para entender por completo lo que me quieren decir. Así tengo excusa para seguir viéndola cada cierto tiempo.
Tal vez lo importante de la película no sea entender que la inteligencia humana (sea como fuere) apareció para poder evolucionar, o que la inteligencia humana se convierte en un peligro cuando modifica cualquier elemento de la naturaleza en algo propio para poder evolucionar; o que una inteligencia creada por el hombre y para el hombre, pero no controlada por él es la perdición porque no pueden coexistir a la vez; o que la inteligencia del hombre (sólo esa y no otra) es la que nos puede llevar hasta nuestros orígenes.
Tal vez lo importante de la película es saber que la incapacidad del ser humano para entenderse en infinita.
Tal vez, no lo sé. Yo, por si acaso, seguiré viendo 2001: una odisea del espacio más y más veces. Hasta estar seguro de entender todo para, definitivamente, dejar de entender el mundo. Porque es lo que toca.
© Del Texto: Nirek Sabal

Bill Evans – Autumn Leaves


mar 18 2010

Lo efímero de la felicidad. El marido de la peluquera.

Durante algún tiempo me resistí a ver la película “El marido de la peluquera”. No me atraía en absoluto. Tuve la mala suerte de asistir a una conversación en la que lo único que destacaban de esta película era que su protagonista Anna Galiena (Mathilda, la peluquera), estaba espectacularmente sensual y las veces en que Jean Rochefort (Antoine), llegaba a bajarle las bragas. Sinceramente, con esta “sinopsis” no me apetecía nada.
Sin embargo, pasados unos años del estreno de esa película, cayó en mis manos un CD con su banda sonora. Durante días, escuche en repetidas ocasiones la composición de Michael Nyman que, posteriormente supe, cierra esta película. No era posible que algo tan intimista recogiera únicamente algo tan tonto como lo que había escuchado sobre aquella película. Esos mismos días cayó en mis manos un disco de Pedro Guerra en el que precisamente se recogía una canción “El marido de la peluquera”. Escuchando su letra, donde precisamente se recoge la esencia de la película, pensé que había llegado el momento de buscar una copia y comprobar por mí misma lo que ocurre con el marido de la peluquera.
Podría hacer un extracto y explicar el argumento de la película, pero Pedro Guerra en su disco “Golosinas”, lo hizo deliciosamente, incorporando en la canción algunos de los momentos más significativos de la película.
Así que, rompiendo la línea de estos textos incorporo la letra de esta canción:
“De niño bailaba canciones del moro, el baile venía de adentro y así se inventaban los modos.
De niño soñaba olores profundos, las mezclas de espuma, colonia y sudor de unos pechos desnudos. Creció con su sueño y un día le dijo: Acabo de verte y ya sé que nací para casarme contigo. Matilde, mi vida; Matilde, mi estrella. Le dijo que sí, nos casamos Antoine y bailó para ella. Y abrázame fuerte que no pueda respirar, tengo miedo de que un día ya no quieras bailar conmigo nunca más. Cariño y ternura, colonias y besos. Te tengo, me tienes. Quisiera morirme agarrado a tus pechos. El amor es tan grande, tan sincero y sentido, que un día de lluvia Matilde acabó por tirarse al río. Mejor buenos recuerdos que un pasado perdido, por eso un buen día Matilde acabó por tirarse en el río. Lo que fue tan hermoso que no caiga al olvido, te estaré recordando por siempre. Matilde que tú no te has ido.”
Patrice Leconte, el director, nos muestra un mundo irreal, en el que sólo existe el amor, la seducción, entre sus protagonistas. Intenta crear magia mediante la utilización de imágenes llenas de brumas, con miradas al pasado del protagonista. Sin embargo, pese a lo mucho que puede dar de sí el argumento de la película, creo que se queda corta.
Porque, es cierto que hay determinados momentos, visiones, recuerdos, olores que nos impregnan de niños y que permanecen incrustados en nuestro tacto, en nuestras pituitarias, en nuestra retina y que esos recuerdos sensoriales, como los que tiene Antoine, nos persiguen de por vida e, inconscientemente, terminan actuando como selectores naturales de lo que queremos o no queremos, de lo que nos apetece o no. Pero esto no es para mí lo más relevante de esta película. A lo largo de la escasa hora y media de su duración, son dos personas felices por complementarse, con una pasión desmedida, los que ocupan la pantalla. Dos personas que se quieren, se desean. Sin embargo, subyace sobre esa felicidad el eterno interrogante. ¿Hasta cuándo? Evitar el fracaso, la perdida que toda pasión conlleva, ponen el contrapunto a ese complemento perfecto que conforman Antoine y Matilde, cuando la peluquera decide “marchar” para que su marido nunca la olvide. Un fin precipitado, inesperado, que pone frente al espectador, frente a nosotros, lo efímero de la felicidad compartida, lo terrible del miedo al fracaso emocional y a un abandono que se intuye desde la locura de la pasión del momento. Ese decir poner fin a la propia vida, para que no termine el amor compartido, no deja de ser un terrible acto de egoísmo y miedo.
Y es que yo no comparto el mensaje del padre de Antonie (Jean Rochefort), cuando le dice a su hijo, “La vida es muy sencilla, basta con desear algo o alguien con mucha fuerza para conseguirlo. El fracaso solo es la prueba de que el deseo no había sido lo suficientemente intenso. Ningún sueño es imposible”. Creo que la vida es muy compleja, las personas somos extremadamente complicadas y en el mundo de los deseos, todo está por descubrir, todo está para sorprendernos y, desde luego, los sueños, sueños son.
Les animo a que vean esta película, a que rasquen en ella y no se limiten a transitar por el salón de belleza en el que se desencadenan los sensuales encuentros de la peluquera con su marido. Es más allá.
© Del Texto: Anita Noire


Al Cohn and Zoot Sims – Emily


mar 16 2010

Entre algodones. El piano.

A mediados del siglo XIX, Ada (Holly Hunter), una mujer diminuta enfundada en una rígida indumentaria victoriana llega en barco desde Escocia con su pequeña hija Flora (Anna Paquin), sus pertenencias, y un piano a una playa de Nueva Zelanda. Ada decidió dejar de hablar a los seis años. Se comunica a través de un cuaderno de notas que lleva colgado del cuello y de Flora, que interpreta sus signos. Ada espera toda la noche en la playa la llegada de Alisdair, (Sam Neil) un hombre al que no conoce y con el que se ha casado por poderes en un matrimonio arreglado. Alisdair la escruta con cierto reparo antes de conducirla a la casa en que convivirán como marido y mujer y de ordenar el abandono del piano en la playa porque considera inviable su transporte. Ada es una mujer que no se doblega. Acude a la casa de George, un blanco semisalvaje integrado en la cultura maorí, (Harvey Keitel) y le pide que le acompañe hasta la playa donde desembarcaron. De mala gana, George accede a su petición y cuando llegan, Ada toca introduciendo sus manos en el teclado a través de los listones de madera de la caja que lo contiene mientras Flora baila en la orilla. George da vueltas alrededor. Al anochecer, madre e hija emprenden el camino de regreso. George las sigue a distancia y lo hace pisando sobre sus huellas.


George es ignorante y analfabeto, pero no ha salido indemne de la escena de la playa. Ha sabido percibir el microuniverso de Ada, su emoción, la expresión de sus sentimientos a través de la música que toca y le cede 80 acres de tierra a Alisdair a cambio del piano. Seguramente intuye de forma irracional que poseyendo el piano, poseerá el alma de Ada. Sin embargo, George no puede hacer nada con él. No sabe tocarlo. El trueque con Alisdair incluye las clases de Ada. En la primera clase George le dice que no quiere aprender. Sólo quiere escuchar. La escucha. La observa. Pronto le propone un trato: le devolverá su piano tecla a tecla, una por cada visita en la que mientras ella toque el piano, él pueda tocarla.
El Piano es un regalo del cine para guardar entre algodones y acariciarlo de vez en cuando: dramatismo, lirismo, erotismo, guión, interpretación, personajes, fotografía, música. Poco más podemos pedir. Nos regala además una historia de amor, celos y deseo que si bien desencadena una tragedia, es de una belleza y una plasticidad extraordinaria mientras se desarrolla. Los desnudos de Harvey Keitel y Holly Hunter son probablemente lo más artístico que he visto en cine. El Piano nos muestra cómo viven la enfermedad del deseo tres personajes distintos desde tres posiciones distintas: Alisdair, Ada y George. Me quedo con el de George.
El deseo es el anhelo afectivo de saciar una apetencia y con frecuencia se nos muestra como un estado de exaltación, de pérdida de control, de desenfreno, de aceleramiento. Es cierto que todo lo anterior son manifestaciones habituales de la enfermedad del deseo. Pero en El Piano, el deseo de George se nos muestra como un estado de postración. George no intenta ni siquiera aliviar su sufrimiento. Cae en el mutismo, la inhibición. No puede dormir, no puede comer. Su melancolía es el resultado de una enfermedad sobrevenida por causa de una pasión que sabe que va a destruir su salud y su alma. Y lo acepta sin aspavientos.
Personalmente, El Piano me regala una escena para guardar para siempre en la memoria: la escena final, la escena más luminosa de toda la película que deja ver apenas una parte del porche de una casa de madera blanca que se intuye junto al mar, en la que Ada, cubierto el rostro por un velo, y con un dedo de metal aprende a hablar mientras Georges la observa y juega con ella. Se tocan. Ada sonríe.
¿Será que debemos pasar por una mutilación para encontrar la felicidad?
© Del Texto: pyyk

Diane Schuur & B. B. King – You Don´t Know Me


mar 15 2010

La vida de los adultos al descubierto. En la ciudad.


¿Quién, siendo niño o adolescente, no se ha encontrado fantaseando con los personajes que aparecen en una película, con las historias que viven? Posiblemente sean muy pocos los que digan que no lo han hecho nunca y a esos, a esos pocos, les compadezco.
Cuando nos hacemos mayores dejamos de fantasear y vemos las películas como puro entretenimiento. Entramos en una sala de cine, nos sentamos y durante una hora y media, dos a los sumo, nos olvidamos de quienes somos, de lo que nos preocupa, y dejamos pasar el tiempo sumergidos en lo que pasa en la pantalla, pero no la traspasamos jamás, nos quedamos como meros espectadores de lo que allí ocurre, pero nunca somos personajes de aquello que estamos viendo.
Esto no ocurre con “En la ciudad”. Quienes me conocen saben que he desarrollado un auténtico gusto por los films de Cesc Gay. Y eso, no ha sido porque sí, sino porque los guiones de este director, son tan cercanos que bien podrían ser extractos, ligeramente modificados, de mi vida. Pero no sólo de la mía, sino de la tuya, de la suya, de la nuestra, de la vuestra.

Esta vez no podía ser menos. En esta película, Gay vuelve a colocarnos en el universo de lo cotidiano, en el centro de nuestras propias vidas. Estamos ante la historia de un grupo de amigos que viven en Barcelona, unos urbanitas prototípicos que mantienen oculta a los demás parte de su vida.
Un grupo de personas, con sus vidas organizadas, cada uno a su manera y como puede, andan buscándose en sus universos personales, porque todos ellos andan terriblemente perdidos en el universo de lo oculto. Y es que, no hay pérdida más grande que sentirse extraviado en el universo particular.
Lo que les ocurre a los personajes de “En la ciudad” es que andan perdidos, lo mismo que nos ocurre, en determinados momentos, a todos nosotros, que nos perdemos, no nos encontramos. Vivir en una gran ciudad, con cantidades ingentes de personas rodeándote no te garantiza el sentirte acompañado. Precisamente, eso es lo que nos trasmite esta película, que el aislamiento y la soledad interior está presente en la vida de los adultos por muy rodeados de personas y de cosas que estemos.
Se nos narran las historias de varios personajes en permanente conflicto interior. El mantenimiento de las apariencias para sentir que se pertenece al grupo y así continuar con una existencia absolutamente patética y triste.
Irene (Mònica López), una lesbiana, casada con un hombre al que no quiere, Manu (Chisco Amado) viviendo un auténtico tormento interior para ocultar a su marido su condición sexual. Sofía, (María Pujalte), la dependiente de una librería, con una desastrosa vida sentimental, que fantasea con las conquistas que va realizando a la espera de encontrar al “hombre de su vida”. Un arquitecto, Mario, (Eduard Fernández), que asiste en silencio a la infidelidad de su mujer, Sara (Vicenta Ndongo), y que sucumbe ante los encantos de una joven camarera, Cristina (Leonor Watling). Un profesor, Tomas (Alex Brendemühl), que inicia una relación con una alumna, menor de edad, Ana (Miranda Makaroff), a la que termina convirtiendo en su amante.
Historias que podemos encontrar en cualquier momento, a nuestro alrededor y que no queremos ver, no queremos conocer, porque nos muestran y nos colocan frente a nuestro propio espejo, porque nosotros mismos somos personajes de nuestra propia película.
Y por último, si no quiere sentirse parte de esta “Ciudad”, si no quiere pararse a pensar sobre qué es lo que está ocurriendo con su vida, no vea esta película, déjela para otro momento. Pero, si finalmente decide sentarse frente al televisor, no dejen de reparar en la banda sonora que, como siempre, con Gay es un gustazo.
© Del Texto: Anita Noire

Jamie Cullum – I Think I Love


mar 14 2010

Mí no entender

El mundo cambia. Y lo hace, cada vez, más velozmente. Nunca antes la humanidad había avanzado tanto en tan poco tiempo; nunca la humanidad había destruido su hábitat con tanta saña y con tanta prisa. Cada descubrimiento supone un avance equivalente a siglos anteriores.
Conocí un mundo muy distinto al de mis padres aunque pude entender buena parte de lo que allí pasó. Mis hijos conocen un mundo que nada tiene que ver con el mío. Y no entienden nada de nada. Ya no se trata de entender. Ahora el objetivo es avanzar, cueste lo que cueste.
Antes, las salas de cine eran enormes. Una puerta, un cine. Nada de multisalas. Al entrar (detrás de una cortina de terciopelo granate y enorme) te recibía una persona vestida con un uniforme completamente anacrónico que sostenía una linterna en la mano. Te colocaba en tu asiento. Lo iluminaba para que pudieras sentarte sin equivocación posible. Porque al cine se podía llegar tarde a cambio de una propinilla. Si se trataba de una sesión doble con más razón. Entrabas y si la película había empezado no pasaba nada. Veías lo que restaba, veías la siguiente, seguías sentado y asistías a la proyección de la parte no vista de la primera de las películas. Entre película y película se visitaba el bar del cine. Aguantar la cola formaba parte del rito. Y, de regreso a la butaca, te encontrabas sobre las piernas el abrigo, la bebida y las palomitas. No había hueco para cada cosa porque donde acababa tu localidad empezaba la siguiente. Bien pegadita.
Durante la proyección podía pasar cualquier cosa. Problemas de sonido, el proyector descacharrado, la película que se quemaba. Y a eso se contestaba con gritos y silbidos. Con grandes escándalos.
En las últimas filas se refugiaban tres tipos de espectadores muy significados. Los novios para aprovechar lo negro de la sala, los fumadores y los gamberros. Aunque el lugar preferido para fumadores y gamberros era el gallinero. Allí las persecuciones de los acomodadores eran duras. Con sus linternas buscaban culpables sin parar. Y los expulsados salían del cine pensando que, al menos, la localidad del gallinero era más barata que la de butaca de patio.
Qué emoción pasar por la puerta del cine de barrio teniendo menos de dieciocho años cuando la película estaba calificada para mayores (en la España puritana y mojigata aquello era una heroicidad para un chico que no era mayor de edad). Qué olor a ozono pino. Aún podría describir el aroma y el asco que me producía si lo acababan de soltar con una de esas máquinas que también se utilizaban para regar las plantas con insecticida.
Pero la gran estrella era la Gran Vía madrileña. Aquello era otra cosa. Un cine de barrio era insignificante si lo comparabas con cualquiera del centro de Madrid. Las colas para asistir a los estrenos eran gigantescas. Incluso hubo reventa de entradas en muchos de ellos. Terremoto, El coloso en llamas, Grease, Fiebre del sábado noche, Rocky, Las guerra de las galaxias; Alien, el octavo pasajero. Aplausos al acabar la película. Emociones nuevas que nos traían mundos imposibles de imaginar hasta ese momento.
Ir al cine era un rito, era importante. No existían el vídeo ni el Dvd. Los ordenadores estaban en la NASA. El cine era único, era el universo prometido. Era igual si King kong tenía pinta de peluche porque el espectador no iba a comprobar cómo evolucionaba la técnica sino a descubrir. Todo era mágico. No estoy seguro de que ahora lo sea tanto. O será que no entiendo la magia moderna. No lo sé.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 12 2010

Unicornios falsos. Blade Runner.

Entro en mi oficina masticando un Orfidal. Mi crisis nerviosa dura ya varias semanas.
Todo me provoca taquicardias. El café me da taquicardias, el hombre me da taquicardias, el gazpacho me da taquicardias, los autobuses, las matemáticas, las farmacias…
Enciendo el ordenador, apago todas las luces, descuelgo el teléfono, me quito los zapatos mojados y me tapo los oídos con dos bolas rosas de algodón.
No pienso trabajar hoy. No podría concentrarme. Así que despejo mi mesa de papeles, plantas inútiles y calendarios caducos. Odio los calendarios. Me recuerdan el tiempo que me queda. Eso también me da taquicardias. En su lugar pongo una pila de libros y apuntes sobre “Blade runner”. Pretendo escribir sobre ella. Siempre quise escribir sobre ella.
Miro fijamente al monitor del ordenador. Aparecen agendas de médicos de todas las especialidades, listas de pacientes en espera, en proceso, en histórico, y miles de actos médicos por facturar.
Pienso en un ático en Islandia, en semi retirarme, en que me dejen en paz, como decía el poeta. Estoy perdiendo la memoria, el juicio, la fuerza de voluntad, el intelecto…

Bostezo, y a los pocos segundos mi cabeza cae sobre el teclado dando varias vueltas de campana.
Entra una luz brillante, cegadora, por la ventana. Son naves de ataque ardiendo a espaldas de Orión. Distingo a mi padre que me observa desde una ventana del edificio Bradbury. Él fue quién me diseñó.
Una oveja eléctrica trata de psicoanalizarme sometiéndome una y otra vez al mismo test de empatía. Todos los resultados son positivos, claro. “El tiempo de reacción es primordial”, me advierte.
Me pinto las uñas de rojo delante del espejo, me hago un recogido retro-futurista mientras fumo a destajo y un buho de mentira me mira fijamente desde la ducha.
Ahora todo es art decó. Ahora siempre son las 4:30 de la madrugada. Ahora yo vivo sola en un hotel. Ahora llueve sin parar. Ahora, de la trituradora de papel surge un “Love theme” delicioso, sublime… Ahora, la fotocopiadora escupe sin descanso antiguos fotogramas que sobrevuelan mi oficina. Son mis recuerdos. Intento conservar alguno, pero es inútil. Me he pasado la vida intentando olvidar. Ahora mi memoria está en verde. No hay implante posible ya.
Una luz cálida, vieja, amarillenta, ilumina toda la oficina. Un precioso unicornio de mentira cabalga a cámara lenta sobre la moqueta azul. Pisotea todos mis recuerdos, se sacude, me mira, se aleja. Abro los ojos. Veo la pila de libros intacta a mi lado. No he podido escribir sobre “Blade runner”.
Cuando levanto mi cabeza del teclado, éste, está inundado en lágrimas que no sé si son las mías, o las de la sobrina de Tyrell, el desastroso ingeniero que me diseñó…
© Del Texto: Sonia Hirsch



mar 12 2010

Sobre la trascendencia de una decisión. La decisión de Sophie.

¿Qué es lo que somos? ¿Somos el presente que vivimos? ¿Somos los recuerdos que arrastramos? ¿Somos el resultado de las decisiones que a lo largo de nuestra vida vamos tomando? De esto último, estoy convencida, somos la consecuencia de lo que vamos decidiendo a cada paso que damos y cargaremos por el resto de nuestros días con ello. En el peor de los casos, esos recuerdos, los nuestros, pueden llegar a dominar nuestra existencia hasta el punto de convertirse en lo que acabará por destruirnos, por transformarnos en seres atormentados por el dolor y la impotencia
La decisión de Sophie es la adaptación cinematográfica de la novela de William Styron,, que encumbró en los años ochenta, a la actriz Meryl Streep, por su interpretación del personaje de Sophie. Esta película lo que nos cuenta es precisamente lo destructivos que pueden llegar a ser los recuerdos, esos que, incluso sin quererlo, se nos clavan en el alma y no sabemos o no podemos encerrar en el fondo de algún sitio y tirar la llave al fondo del mar.
El narrador es Stingo (Peter MacNicol), un joven escritor que se muda a vivir desde el sur de los EEUU a Brooklyn. En el bloque de apartamentos en el que se instalará conoce a Sophie (Meryl Streep), una mujer intrigante; y a Nathan (Kevin Kline), su pareja, sumido en unos profundos y violentos cambios de carácter y sufriendo unos celos patológicos. Sophie y Stingo empiezan a tratarse y, mientras se enamoran, el joven escritor irá conociendo, mediante constantes vueltas al pasado, el drástico y terrible pasado de Sophie. Y en el trasfondo de todo el drama humano, el drama personal de Sophie, el Holocausto y la incidencia en su vida. La elección entre que sobreviva uno u otro de sus hijos, el terror que ello conlleva, la impotencia que por siempre quedará clavada en su vida. Sophie es un personaje complicado que no puede con la culpa de haber sobrevivido a los campos de exterminio nazi. Su única manera de seguir adelante es la creación de un mundo imaginario alrededor de Nathan, como única vía para poder huir del horror en que se ha convertido su vida.


Un pasado que resuena constantemente en el presente y que seguirá haciéndolo en el futuro. Porque a veces, sin quererlo, las circunstancias de la vida se escapan a nuestro control, provocándonos unos sentimientos que, en ocasiones, somos incapaces de gobernar llevándonos por derroteros que pueden hacernos rozar la locura o la excelencia, pero que no podemos gobernar. Y lo único que puede redimir la más grande de las tragedias es el amor, el sentirse amado y el amar apasionadamente.
Una película sobre los sobrevivientes al Holocausto Nazi y las terribles consecuencias personales, emocionales e íntimas que sobre ellos tuvieron. Sobre la trascendencia de las elecciones, sobre lo relevante de las decisiones, sobre lo imposible que es sobreponerse a determinados hechos. Una película desgarradora que creo no debe dejar de verse.
© Del Texto: Anita Noire


mar 10 2010

Altamente peligrosa para la sociedad

- ¿QUÉ SUELE HACER USTED EL DÍA QUE ESTÁ DE SERVICIO?
- NADA DE PARTICULAR, CORTAR EL CÉSPED…
Adoro la Nouvelle Vague, la luz natural, la cámara al hombro… El estilo “reportaje”, los rodajes cortos y baratos, la súper 8…
Adoro a Truffaut, porque él, como yo, prefirió ver la vida a través de los libros y el cine; porque él eligió emborracharse de Cinemateca y pasar de la vida social y la política; por autodidacta y antiacademicista; por alejarse de las modas y el esnobismo; por sus historias tan, tan, tan personales; por sus finales tan ambiguos, y porque va directo al corazón del corazón humano.
Ah, y porque yo también creo firmemente que en la historia de Inglaterra del siglo XX, Charles Chaplin es más importante que Winston Churchil. Eso creo.
Adoro esta película porque adoro leer. Y, aún con sus carencias técnicas, sobresale el honesto intento por parte de Truffaut de mostrarnos el amor que siempre sintió por los libros y la literatura; porque me provoca un insomnio terrible cuando la veo; porque me da la risa cuando veo sus créditos sin créditos y sus comics llenos de bocadillos vacíos; porque me alerta sobre la amenaza de la televisión, y yo no tengo antena…
Decía su protagonista, Guy Montag, que quemaban los libros porque éstos distraían a las personas y las hacían “elementos insociables”. Que se trataba de mantenerlas entretenidas a base de gimnasia y televisión interactiva. Será por eso que odio la gimnasia y la televisión, que siempre me he sentido Clarisse McClellan, y nunca guardé a Dickens en la lámpara ni a Bukowski en mi tostadora. Así que me declaro un “elemento insociable” y altamente peligroso para la sociedad, dispuesta a repantigarme con mi libro en el primer árbol que vea, allí dónde me dejen en paz los bomberos, y alejada de las antenas.
Muchas son las preguntas que me hice en el visionado de esta película:
¿Qué pasaría si en nuestro mundo fuesen prohibidos los libros? ¿Cambiaríamos la cocaína por leer a Platón? ¿Soñaríamos con los prados de Jane Austen, con bailar una mazurca con Anna Karenina, con llorar leyendo las desgracias del pequeño Copperfield?
¿Dónde preferirías vivir: en la ciudad, con la televisión, el Orfidal y las comodidades, o en el bosque, pasando hambre y frío convertido en un hombre-libro?
A mí me gustaría, mientras ustedes cortan el césped, recitar a Bradbury bajo la nevada en los campos de “Amanecer” de Murnau, y llamarme “Farenheit 451”.
© Del Texto: Sonia Hirsch


mar 10 2010

Camino

Existen diferentes formas de morir. Una de ellas, tal vez la más cruel de todas, ya que el cuerpo sigue moviéndose como si tal cosa, es que tu consciencia, tu inteligencia, dejen de servir. Las causas que llevan a ese tipo de muerte son diversas. Por ejemplo, una lobotomía. La baba cayendo por la comisura de los labios y todos felices porque aún sigues moviendo las manos (sin ton ni son, pero moviéndolas). Otra posible causa es la locura. Dejas de ser lo que eras embutido en una camisa de fuerza, pero no hay que ir de entierro. Otra, la más cruel de todas: tu cabeza funciona perfectamente aunque no te entiende nadie, incluso lo que dices sirve para que los demás saquen conclusiones absurdas, las manejen a su antojo y hagan de ellas algo delirante. Estás muerto. Lo estás porque mueres para los demás. No cuentas porque te conviertes en un fantasma. Puedes llegar a cumplir cincuenta años más, pero estás muerto.

Si esos que llamo “los demás” no son los que te quieren sino los que se quieren a sí mismos y al grupo al que pertenecen, la cosa se pone más que fea. Muerto y haciendo el caldo gordo a otros que no tienen nada que ver contigo.
Pues de eso habla “Camino”. Y nos lo cuentan desde una madre atolondrada que no ve más allá de su fanatismo religioso; desde una jovencita (numeraria del Opus Dei) que se está convirtiendo en una caricatura de sí misma; desde unos curas obsesionados con encontrar algo en lo que apoyarse para seguir adelante con su negocio, con el espectáculo; desde un padre asustado y anulado que cuando comprende se empotra con su propia ilusión; desde una facción de la Iglesia que maneja una espiritualidad de dudosísima estructura. Y desde una cría que es eso, una cría que juega el amor, que está muerta sin saberlo. Como todos los demás.
Desconozco cuánto se aproxima el guión de la película a lo que ocurrió realmente. Ni lo sé ni me interesa lo más mínimo. Lo que sí sé es cómo funcionan las personas fanáticas. Y esos sí que se parecen a los personajes que se dibujan en el trabajo de Javier Fresser. Personajes encarnados por unos actores elegidos con muy buen criterio.
El conjunto de la película funciona francamente bien. Alguna zona del guión está demasiado forzada (eso es verdad), la cara amable de la película es excesivamente amable rozando la cursilería (eso, también, es verdad), algún personaje se hace algo increíble por mostrar una maldad desproporcionada (las cosas de la realidad no tienen porqué ser creíbles en la ficción), todo esto es verdad aunque la habilidad de Fresser al montar la película hace que se quede en anécdota.
Si alguien me pidiera que le recomendase cuatro o cinco películas para ver durante un fin de semana recibiría una lista en la que no aparecería “Camino”. No por tratarse de un tostón. No. Le ahorraría el mal trago que destrozara su lindo fin de semana. Porque “Camino” es tremenda, es triste, es inquietante, es repulsiva. También una muy buena película, un retrato muy inteligente de lo que puede ser un grupo sectario y lo que puede representar en la vida de las personas, es una historia de amor infantil, tierna. Pero el sabor de boca que deja cuando descubre el fanatismo religioso y lo absurdo de un sistema de comunicación que no funciona si alguna de las partes falla, es (ese regusto) amargo. Muy, muy amargo. No me gusta destrozar los días de descanso a los demás.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano