Julieta de los espíritus: La gran excusa para poder ver caballos pastando

En una de mis incontables crisis nerviosas, cuando yo andaba de retiro espiritual, físico y social, y mi único contacto con el mundo consistía en las diarias y emocionantes tertulias con un inefable novelista al otro lado del planeta, encontré misteriosamente a “Julieta de los espíritus” junto con la prensa del día en una sala de urgencias de un fatídico hospital.
Podía haber encontrado “La pena y la piedad”, o “Quo vadis”, o cualquier peñazo de Spielberg. O qué se yo. Pero ese confuso estado mío de fuga mental constante, de surrealismo en estado puro y fantasías seudomísticas sólo podía atraer irrestiblemente un rompecabezas titulado “Julieta de los espíritus”. Toda una orgía de imágenes, de espiritistas, de colores disparatados.
Así que una tarde de invierno y mermelada, yo me metí en la cama con un caniche, un lunático Fellini y una desesperada Julieta Degli con la intención de no salir en mucho tiempo de ese ascético estado mío, de ese universo misterioso, de ese elenco de locos tan característicos procedentes de Rímini, la mayoría.

Me recreé especialmente en una escena onírica que vi compulsivamente durante días. En esta escena, la señora Degli, impecablemente vestida de blanco y con gafas de sol negras, disfruta de una soleada jornada de playa rodeada de unos pintorescos personajes hasta quedarse plácidamente dormida en su hamaca y sufrir un delirante sueño, que, horas más tarde, cuando yo preparaba mi habitual descafeinado con Orfidal de cada noche, me provocó un súbito estallido emocional y alucinatorio,del que todavía, casi tres meses más tarde, no me he recuperado. Créanme.
Con mirada y sonrisa esquizofrénicas, Fellini me cuenta, por fin en color, las peripecias místicas-oníricas de una mujer reprimida por la presión social, la iglesia y su círculo de relaciones, exactamente las mismas obsesiones del propio Fellini.
Julieta Degli tiene la suerte de pasarse una película entera alucinando entre sueños y sesiones espiritistas con la obsesión de descubrir la infidelidad de su promiscuo marido. Y así, tira de una interminable cuerda en la orilla y saca del fondo del mar y de su inconsciencia inagotables personajes fantasmagóricos con la esperanza de encontrar una respuesta, una señal secreta, que delate a Giorgio.
Yo, que no tengo marido ni promiscuos a la vista, tuve que inventarme mil excusas para para ver caballos pastando en el mar… Para tener una cuerda de la que tirar con todas mis fuerzas sin saber muy bien qué embarcación de chiflados me traería.
Caprichosa, inestable y absolutamente imprevisible como los vientos de Romaña, me dejé llevar por los sueños de Julieta, por sus pelucas multicolores, sus pamelas para el sol, sus celestiales columpios circenses… Tanto, tanto, tanto, que un maravilloso cortocircuito se produjo en mi apartamento arrasando con todas mis lámparas y visillos, arruinando mis juegos de copas, derritiendo mi nevera hasta fundir las únicas luces que me quedaban ya… Eran los espíritus de Julieta Degli aferrándose a mi nada…
Quiero concluir diciendo que este texto ha sido escrito en la misma sala de urgencias dónde encontré a Julieta y dónde laterá un hálito circense para siempre, que comparto con Fellini su percepción mágica del mundo, y que este tipo de “espéctaculo”, basado en la maravilla, en la fantasía, la burla, lo absurdo, la falta de significados fríos e intelectuales, es justamente el espéctaculo que me va a mí.
No quiero ver nunca más “Julieta de los espíritus”. Cuando la olvide, me la inventaré.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Lee Konitz – Luiza


2 Respuestas en “Julieta de los espíritus: La gran excusa para poder ver caballos pastando”

  • Anonymous ha escrito:

    Giulietta degli spiriti: Julieta de los espíritus.
    Y qué me dices de la música?

  • Sonia Hirsch ha escrito:

    … mañana cuando despierte, si despierto, te diré sobre la música.