mar 26 2010

Dibujante de interiores. Mi vida sin mí.

El cine de Coixet tiene acérrimos seguidores y tiene detractores feroces. Yo siento una especial predilección por los filmes de esta mujer y en concreto por “Mi vida sin mí”.
Siempre he pensado que Isabel Coixet, además de una gran directora de cine y una genial publicista, es una buenísima contadora de historias. Es muy difícil contar cosas y contarlas bien a mí ya me parece una proeza. Por eso me gusta Isabel Coixet, porque sabe explicar las cosas, sobre todo la vida, pero no una vida cualquiera, no lo accesorio de vivir, sino la vida íntima, los sentimientos, las sensaciones de las personas.
Corría el año 2003 cuando se estrenó “Mi vida sin mí”, en ella se narra la historia de Anna (Sarah Polley) , una chica de veintitrés años, madre de dos niñas pequeñas, la primera de las cuales nació cuando ella tenía 17 años. Anna se gana la vida fregando suelos en una universidad a la que nunca accederá. Está casada con Don (Scott Speedman), el único hombre con el que ha estado en su vida y que pasa la mayor parte de su tiempo en el paro. Ambos viven en una caravana en el jardín de casa de la madre de Anna (Deborah Harry), una mujer derrotada por la vida con su marido en prisión desde hace once años. Anna empieza a encontrarse mal y descubre que le quedan pocos meses de vida. Frente a esa realidad, decide no someterse a ningún tratamiento que le impida poder estar con sus hijas hasta el final y opta por no compartir con nadie la proximidad de su muerte. Ahora, en su pensamiento y el motor de sus próximos días, todo aquello que sabe que no va a hacer ni tener jamás, pero que de pronto pierde importancia frente al inminente final y la relevancia que de pronto adquieren cosas en apariencia tan simples, pero tan definitivas e importantes, como decir a sus hijas, cada día, lo mucho que las quiere, buscar para Don una buena chica que les guste a sus niñas, grabarles mensajes de cumpleaños para que sus hijas los reciban hasta que cumplan 18 años; celebrar un gran pic-nic en Walebay con los suyos; fumar y beber todo lo que quiera, decir lo que realmente piensa, hacer el amor con otros hombres que no sean su marido para saber cómo es; hacer que alguien se enamore de ella, cambiar su lacio pelo e ir a ver a su padre a prisión.
Podrán parecer cosas estúpidas, pero no lo son. Son las cosas que cobran significado cuando uno se vacía de todo lo externo y se queda desnudo ante si mismo.
Debo reconocer que soy incapaz de transmitir las muchas sensaciones que en mi produjo esta película. Como he dicho, corría el año 2003, por aquel entonces, con motivo de situación complicada, mientras estaba en una sala de espera, en mi agenda escribí lo siguiente:

“Recibir un diagnostico fatal es algo que nadie quisiera tener que digerir y para lo que nadie nos prepara. Pero la vida es así, las cosas no siempre las podemos hacer a nuestra medida, ni siquiera podemos evitar lo que no quisiéramos que llegara. Las cosas pasan, aunque no hablemos de ellas. Necesitamos tiempo para encajar noticias fatales que sabemos tendrán un desenlace letal. No estamos preparados para saber que, en un tiempo más corto que largo, la vida va a dar un giro mortal. Recibir una noticia del estilo, se recibe siempre en solitario por mucha compañía que uno tenga sentado a su costado, por muy fuerte que le aprieten la mano y por mucho que, como si fuera un eco, resuene aquello de “esto lo superaremos”. Cuando se recibe una noticia de tal calibre, el día se vuelve noche y la vida se acorta, no en las milésimas de minutos que transcurren desde que uno se sentó en aquel butacón y comprendió lo que estaba pasando, sino en la infinidad de momentos y tiempos que estaban por llegar y que ahora ya sabes no lo harán. Y aparece Láquesis sosteniendo en el aire la pluma que pondrá el punto final a tu vida y eso ya no tiene remedio. Y todo se vuelve relativo. Se minimiza lo que hasta ayer era de una magnitud escandalosa y aquellas poquitas cosas, que por corrientes y normales han pasado desapercibidas, toman de pronto una relevancia vital. Por eso y porque en cualquier momento Clotos y Átropos vendrán a reunirse con Láquesis para entregarnos la Sentencia definitiva que ya ha devenido firme, es por lo que tenemos obligación de vivir nuestra vida. Pero esto sólo se aprende a golpe de grandes sustos y disgustos. Tenemos la obligación de vivir la vida que tenemos de la mejor manera posible, intentado no pasar sin pena ni gloria, sino viviendo intensamente aunque en ocasiones nos duela y sobre todo, para no tener que arrepentirnos nunca de lo que al final no hicimos.”
Creo que en esencia eso mismo es lo que la película nos quiere decir y yo me veo incapaz de escribir nada más porque creo que es una película que hay que ver, que hay que sentir. Véanla, y si ustedes no adoran a Coixet, como yo, quizás sí descubran a una buena contadora de historias.
© Del Texto: Anita Noire


Bill Evans – Theme for Debby


mar 26 2010

Annie Hall: Autopsia de una relación sentimental


He escuchado muchas tonterías en clases de guión, de análisis fílmico, de obsesos por las autopsias cinematográficas. Creo firmemente que hay cosas que no deberían estudiarse nunca. Creo que el cine es una de esas cosas que se estudian inutilmente. Sin embargo, conservo un bonito recuerdo del análisis que un entrañable profesor mío hizo sobre “Annie Hall” una mañana de bostezos y langostas…
Ese profesor mío intentaba explicar en vano cómo contar una historia de amor de 93 minutos sin recurrir al trillado y soporífero “Te quiero” de otras historias románticas. Para ello, puso de ejemplo esta película, dónde un chico y una chica, que son la monda, se “dicen” que se aman mientras se enfrentan a unas terroríficas langostas en la cocina. La chica ríe a carcajadas y capta con su cámara al chico que grita espantado ante semejantes crustáceos. Se aman.

 

Más tarde, cuando el chico intenta probar con otras chicas la misma escena, a éstas no les hacen ninguna gracia las langostas ni demás crustáceos. La cosa no funciona.
Esta secuencia langosta no es más que el “encuentro” que se produce después de la secuencia “encantamiento” de toda relación sentimental, cuando el chico y la chica se conocen y beben vino en una terraza de geranios multicolores mientras charlan de mentira adulterando un buen lote de subtítulos de verdad, como todos los subtítulos.
Luego, el destino, conspirador y fastidioso en toda relación sentimental, secuestra a la chica con destino a Los Ángeles, con un hortera de esos que sólo habitan en Los Ángeles, y sin billete de vuelta de Los Ángeles. Provocando así un “desencuentro” aéreo, que obliga al desdichado chico a superar, inexcusablemente, su fobia a los aviones.
Si me baso en esta autopsia de ese entrañable profesor mío al que nunca hice ningún caso, y hago un ligero repaso a mi desastroso currículum sentimental, tengo una secuencia “encantamiento” en la que bajo a tomar un vino con un desconocido y vuelvo dos días más tarde con un buen repertorio de subtítulos en mi bolsillo. Una secuencia “encuentro” la tarde en que un tipo al que adoro cocina una carbonara mientras yo lo observo en boxer y calcetines sentada en el fregadero, y una infinidad de “desencuentros” provocados siempre por ese destino mío, totalmente irracional, y loco, y absurdo, pero que supongo, sigo manteniendo, porque yo, como Alvy, también necesito los huevos…
© Del Texto: Sonia Hirsch

Richard Galliano – Sur: Regreso al amor