mar 23 2010

Escuchando a Charlie Haden

Hace ya seis años que cambié de teléfono, de identidad, de apartamento. Hace ya mucho tiempo que me escondo tras un antifaz y unos tapones de oídos a lo Holly Golightly. De esos blanditos y rosas. De esos que te excluyen, te impermeabilizan, te arrinconan muy lejos del sonido, el compromiso, las borrascas.
Yo quería esquiar, montar en moto, conocer gente… Compartir apartamento con un gato sin nombre, seducir a especuladores, novelistas… Quería volver a casa al amanecer con traje de noche, croissants y café en vaso térmico.
Yo no quería extrañar a nadie. Quería disparatadas y caprichosas fiestas en mi pasillo. Una constante pasarela de figurantes, novelescos y utópicos todos, que dispersaran esa sensiblería mía que tanto miedo me daba. Abrasar con mi boquilla todos los sombreros, todo afecto aderezado.

Yo quería beber vino en mi bañera con desconocidos. Destrozar la cristalería, desbaratarme en cada baño.
Me gusta callar mi teléfono en la maleta. Enfurecer al vecino de arriba cada noche que pierdo mi llave. Provocar al estudiante de abajo cada madrugada que toco su timbre para suplicarle tabaco.
Hay huellas de cigarrillos en mi sofá, en mis visillos, en mi suelo flotante, y hasta en la tecla “X” de mi ordenador.
No existe ya fórmula alguna de neutralizar los humos de este bibelot mío. Mi bañera se vuelve amarillenta. Restos de vidrio atascan mi desagüe.
Esta mañana vuelvo con zumo de tomate y sobras de brownie. Escucho a Haden. Espero en mi sillón voltaire. Espero.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Charlie Haden – En la orilla del mundo