El éxtasis de la incomprensión. 2001: una odisea del espacio.


La naturaleza elige, entre miles de millones, sólo unas pocas opciones para poder avanzar. Prueba siempre, de forma constante. Del mineral al vegetal. Más tarde al animal. Y, por último, hasta el hombre. Millones de años, miles de millones de pruebas fallidas. Pero avanza. Algún error logra sobrevivir. Por ejemplo, la gallina. Aunque lo normal es que esos fallos desaparezcan con cierta rapidez.
La inteligencia del ser humano sigue siendo el gran misterio. ¿Dónde podemos ubicar ese momento en el que el hombre comenzó a pensar? ¿Reflexionó desde el principio? Imposible saberlo. Sin embargo, nuestra capacidad de fabulación es colosal y eso nos lleva a poder imaginar cómo, dónde y para qué llegó esa capacidad exclusiva del hombre.
Todos podemos imaginar. Todos. Pero sólo algunos lo hacen dando forma a esas ideas con aspecto de novela, de película o de sinfonía. Y de esos, los menos, lo hacen desde la genialidad.
Stanley Kubrick es de esos poquitos que fueron capaces de hacerlo. Con genialidad, digo.
La primera vez que vi 2001: una odisea del espacio salí del cine fascinado. No había entendido nada, pero nada de nada. No importaba. La combinación entre imagen, música, diálogos y el clima completamente viciado por los progresos técnicos (algo hasta ese momento inofensivo) me habían dejado completamente extasiado. Sin entender nada, pero extasiado.


He perdido la cuenta de las veces que he visto la película. Creo que entiendo algunas cosas que antes habían pasado desapercibidas. Igual que creo que me hago el remolón para entender por completo lo que me quieren decir. Así tengo excusa para seguir viéndola cada cierto tiempo.
Tal vez lo importante de la película no sea entender que la inteligencia humana (sea como fuere) apareció para poder evolucionar, o que la inteligencia humana se convierte en un peligro cuando modifica cualquier elemento de la naturaleza en algo propio para poder evolucionar; o que una inteligencia creada por el hombre y para el hombre, pero no controlada por él es la perdición porque no pueden coexistir a la vez; o que la inteligencia del hombre (sólo esa y no otra) es la que nos puede llevar hasta nuestros orígenes.
Tal vez lo importante de la película es saber que la incapacidad del ser humano para entenderse en infinita.
Tal vez, no lo sé. Yo, por si acaso, seguiré viendo 2001: una odisea del espacio más y más veces. Hasta estar seguro de entender todo para, definitivamente, dejar de entender el mundo. Porque es lo que toca.
© Del Texto: Nirek Sabal


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