Lo efímero de la felicidad. El marido de la peluquera.

Durante algún tiempo me resistí a ver la película “El marido de la peluquera”. No me atraía en absoluto. Tuve la mala suerte de asistir a una conversación en la que lo único que destacaban de esta película era que su protagonista Anna Galiena (Mathilda, la peluquera), estaba espectacularmente sensual y las veces en que Jean Rochefort (Antoine), llegaba a bajarle las bragas. Sinceramente, con esta “sinopsis” no me apetecía nada.
Sin embargo, pasados unos años del estreno de esa película, cayó en mis manos un CD con su banda sonora. Durante días, escuche en repetidas ocasiones la composición de Michael Nyman que, posteriormente supe, cierra esta película. No era posible que algo tan intimista recogiera únicamente algo tan tonto como lo que había escuchado sobre aquella película. Esos mismos días cayó en mis manos un disco de Pedro Guerra en el que precisamente se recogía una canción “El marido de la peluquera”. Escuchando su letra, donde precisamente se recoge la esencia de la película, pensé que había llegado el momento de buscar una copia y comprobar por mí misma lo que ocurre con el marido de la peluquera.
Podría hacer un extracto y explicar el argumento de la película, pero Pedro Guerra en su disco “Golosinas”, lo hizo deliciosamente, incorporando en la canción algunos de los momentos más significativos de la película.
Así que, rompiendo la línea de estos textos incorporo la letra de esta canción:
“De niño bailaba canciones del moro, el baile venía de adentro y así se inventaban los modos.
De niño soñaba olores profundos, las mezclas de espuma, colonia y sudor de unos pechos desnudos. Creció con su sueño y un día le dijo: Acabo de verte y ya sé que nací para casarme contigo. Matilde, mi vida; Matilde, mi estrella. Le dijo que sí, nos casamos Antoine y bailó para ella. Y abrázame fuerte que no pueda respirar, tengo miedo de que un día ya no quieras bailar conmigo nunca más. Cariño y ternura, colonias y besos. Te tengo, me tienes. Quisiera morirme agarrado a tus pechos. El amor es tan grande, tan sincero y sentido, que un día de lluvia Matilde acabó por tirarse al río. Mejor buenos recuerdos que un pasado perdido, por eso un buen día Matilde acabó por tirarse en el río. Lo que fue tan hermoso que no caiga al olvido, te estaré recordando por siempre. Matilde que tú no te has ido.”
Patrice Leconte, el director, nos muestra un mundo irreal, en el que sólo existe el amor, la seducción, entre sus protagonistas. Intenta crear magia mediante la utilización de imágenes llenas de brumas, con miradas al pasado del protagonista. Sin embargo, pese a lo mucho que puede dar de sí el argumento de la película, creo que se queda corta.
Porque, es cierto que hay determinados momentos, visiones, recuerdos, olores que nos impregnan de niños y que permanecen incrustados en nuestro tacto, en nuestras pituitarias, en nuestra retina y que esos recuerdos sensoriales, como los que tiene Antoine, nos persiguen de por vida e, inconscientemente, terminan actuando como selectores naturales de lo que queremos o no queremos, de lo que nos apetece o no. Pero esto no es para mí lo más relevante de esta película. A lo largo de la escasa hora y media de su duración, son dos personas felices por complementarse, con una pasión desmedida, los que ocupan la pantalla. Dos personas que se quieren, se desean. Sin embargo, subyace sobre esa felicidad el eterno interrogante. ¿Hasta cuándo? Evitar el fracaso, la perdida que toda pasión conlleva, ponen el contrapunto a ese complemento perfecto que conforman Antoine y Matilde, cuando la peluquera decide “marchar” para que su marido nunca la olvide. Un fin precipitado, inesperado, que pone frente al espectador, frente a nosotros, lo efímero de la felicidad compartida, lo terrible del miedo al fracaso emocional y a un abandono que se intuye desde la locura de la pasión del momento. Ese decir poner fin a la propia vida, para que no termine el amor compartido, no deja de ser un terrible acto de egoísmo y miedo.
Y es que yo no comparto el mensaje del padre de Antonie (Jean Rochefort), cuando le dice a su hijo, “La vida es muy sencilla, basta con desear algo o alguien con mucha fuerza para conseguirlo. El fracaso solo es la prueba de que el deseo no había sido lo suficientemente intenso. Ningún sueño es imposible”. Creo que la vida es muy compleja, las personas somos extremadamente complicadas y en el mundo de los deseos, todo está por descubrir, todo está para sorprendernos y, desde luego, los sueños, sueños son.
Les animo a que vean esta película, a que rasquen en ella y no se limiten a transitar por el salón de belleza en el que se desencadenan los sensuales encuentros de la peluquera con su marido. Es más allá.
© Del Texto: Anita Noire


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