Unicornios falsos. Blade Runner.

Entro en mi oficina masticando un Orfidal. Mi crisis nerviosa dura ya varias semanas.
Todo me provoca taquicardias. El café me da taquicardias, el hombre me da taquicardias, el gazpacho me da taquicardias, los autobuses, las matemáticas, las farmacias…
Enciendo el ordenador, apago todas las luces, descuelgo el teléfono, me quito los zapatos mojados y me tapo los oídos con dos bolas rosas de algodón.
No pienso trabajar hoy. No podría concentrarme. Así que despejo mi mesa de papeles, plantas inútiles y calendarios caducos. Odio los calendarios. Me recuerdan el tiempo que me queda. Eso también me da taquicardias. En su lugar pongo una pila de libros y apuntes sobre “Blade runner”. Pretendo escribir sobre ella. Siempre quise escribir sobre ella.
Miro fijamente al monitor del ordenador. Aparecen agendas de médicos de todas las especialidades, listas de pacientes en espera, en proceso, en histórico, y miles de actos médicos por facturar.
Pienso en un ático en Islandia, en semi retirarme, en que me dejen en paz, como decía el poeta. Estoy perdiendo la memoria, el juicio, la fuerza de voluntad, el intelecto…

Bostezo, y a los pocos segundos mi cabeza cae sobre el teclado dando varias vueltas de campana.
Entra una luz brillante, cegadora, por la ventana. Son naves de ataque ardiendo a espaldas de Orión. Distingo a mi padre que me observa desde una ventana del edificio Bradbury. Él fue quién me diseñó.
Una oveja eléctrica trata de psicoanalizarme sometiéndome una y otra vez al mismo test de empatía. Todos los resultados son positivos, claro. “El tiempo de reacción es primordial”, me advierte.
Me pinto las uñas de rojo delante del espejo, me hago un recogido retro-futurista mientras fumo a destajo y un buho de mentira me mira fijamente desde la ducha.
Ahora todo es art decó. Ahora siempre son las 4:30 de la madrugada. Ahora yo vivo sola en un hotel. Ahora llueve sin parar. Ahora, de la trituradora de papel surge un “Love theme” delicioso, sublime… Ahora, la fotocopiadora escupe sin descanso antiguos fotogramas que sobrevuelan mi oficina. Son mis recuerdos. Intento conservar alguno, pero es inútil. Me he pasado la vida intentando olvidar. Ahora mi memoria está en verde. No hay implante posible ya.
Una luz cálida, vieja, amarillenta, ilumina toda la oficina. Un precioso unicornio de mentira cabalga a cámara lenta sobre la moqueta azul. Pisotea todos mis recuerdos, se sacude, me mira, se aleja. Abro los ojos. Veo la pila de libros intacta a mi lado. No he podido escribir sobre “Blade runner”.
Cuando levanto mi cabeza del teclado, éste, está inundado en lágrimas que no sé si son las mías, o las de la sobrina de Tyrell, el desastroso ingeniero que me diseñó…
© Del Texto: Sonia Hirsch



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