mar 12 2010

Unicornios falsos. Blade Runner.

Entro en mi oficina masticando un Orfidal. Mi crisis nerviosa dura ya varias semanas.
Todo me provoca taquicardias. El café me da taquicardias, el hombre me da taquicardias, el gazpacho me da taquicardias, los autobuses, las matemáticas, las farmacias…
Enciendo el ordenador, apago todas las luces, descuelgo el teléfono, me quito los zapatos mojados y me tapo los oídos con dos bolas rosas de algodón.
No pienso trabajar hoy. No podría concentrarme. Así que despejo mi mesa de papeles, plantas inútiles y calendarios caducos. Odio los calendarios. Me recuerdan el tiempo que me queda. Eso también me da taquicardias. En su lugar pongo una pila de libros y apuntes sobre “Blade runner”. Pretendo escribir sobre ella. Siempre quise escribir sobre ella.
Miro fijamente al monitor del ordenador. Aparecen agendas de médicos de todas las especialidades, listas de pacientes en espera, en proceso, en histórico, y miles de actos médicos por facturar.
Pienso en un ático en Islandia, en semi retirarme, en que me dejen en paz, como decía el poeta. Estoy perdiendo la memoria, el juicio, la fuerza de voluntad, el intelecto…

Bostezo, y a los pocos segundos mi cabeza cae sobre el teclado dando varias vueltas de campana.
Entra una luz brillante, cegadora, por la ventana. Son naves de ataque ardiendo a espaldas de Orión. Distingo a mi padre que me observa desde una ventana del edificio Bradbury. Él fue quién me diseñó.
Una oveja eléctrica trata de psicoanalizarme sometiéndome una y otra vez al mismo test de empatía. Todos los resultados son positivos, claro. “El tiempo de reacción es primordial”, me advierte.
Me pinto las uñas de rojo delante del espejo, me hago un recogido retro-futurista mientras fumo a destajo y un buho de mentira me mira fijamente desde la ducha.
Ahora todo es art decó. Ahora siempre son las 4:30 de la madrugada. Ahora yo vivo sola en un hotel. Ahora llueve sin parar. Ahora, de la trituradora de papel surge un “Love theme” delicioso, sublime… Ahora, la fotocopiadora escupe sin descanso antiguos fotogramas que sobrevuelan mi oficina. Son mis recuerdos. Intento conservar alguno, pero es inútil. Me he pasado la vida intentando olvidar. Ahora mi memoria está en verde. No hay implante posible ya.
Una luz cálida, vieja, amarillenta, ilumina toda la oficina. Un precioso unicornio de mentira cabalga a cámara lenta sobre la moqueta azul. Pisotea todos mis recuerdos, se sacude, me mira, se aleja. Abro los ojos. Veo la pila de libros intacta a mi lado. No he podido escribir sobre “Blade runner”.
Cuando levanto mi cabeza del teclado, éste, está inundado en lágrimas que no sé si son las mías, o las de la sobrina de Tyrell, el desastroso ingeniero que me diseñó…
© Del Texto: Sonia Hirsch



mar 12 2010

Sobre la trascendencia de una decisión. La decisión de Sophie.

¿Qué es lo que somos? ¿Somos el presente que vivimos? ¿Somos los recuerdos que arrastramos? ¿Somos el resultado de las decisiones que a lo largo de nuestra vida vamos tomando? De esto último, estoy convencida, somos la consecuencia de lo que vamos decidiendo a cada paso que damos y cargaremos por el resto de nuestros días con ello. En el peor de los casos, esos recuerdos, los nuestros, pueden llegar a dominar nuestra existencia hasta el punto de convertirse en lo que acabará por destruirnos, por transformarnos en seres atormentados por el dolor y la impotencia
La decisión de Sophie es la adaptación cinematográfica de la novela de William Styron,, que encumbró en los años ochenta, a la actriz Meryl Streep, por su interpretación del personaje de Sophie. Esta película lo que nos cuenta es precisamente lo destructivos que pueden llegar a ser los recuerdos, esos que, incluso sin quererlo, se nos clavan en el alma y no sabemos o no podemos encerrar en el fondo de algún sitio y tirar la llave al fondo del mar.
El narrador es Stingo (Peter MacNicol), un joven escritor que se muda a vivir desde el sur de los EEUU a Brooklyn. En el bloque de apartamentos en el que se instalará conoce a Sophie (Meryl Streep), una mujer intrigante; y a Nathan (Kevin Kline), su pareja, sumido en unos profundos y violentos cambios de carácter y sufriendo unos celos patológicos. Sophie y Stingo empiezan a tratarse y, mientras se enamoran, el joven escritor irá conociendo, mediante constantes vueltas al pasado, el drástico y terrible pasado de Sophie. Y en el trasfondo de todo el drama humano, el drama personal de Sophie, el Holocausto y la incidencia en su vida. La elección entre que sobreviva uno u otro de sus hijos, el terror que ello conlleva, la impotencia que por siempre quedará clavada en su vida. Sophie es un personaje complicado que no puede con la culpa de haber sobrevivido a los campos de exterminio nazi. Su única manera de seguir adelante es la creación de un mundo imaginario alrededor de Nathan, como única vía para poder huir del horror en que se ha convertido su vida.


Un pasado que resuena constantemente en el presente y que seguirá haciéndolo en el futuro. Porque a veces, sin quererlo, las circunstancias de la vida se escapan a nuestro control, provocándonos unos sentimientos que, en ocasiones, somos incapaces de gobernar llevándonos por derroteros que pueden hacernos rozar la locura o la excelencia, pero que no podemos gobernar. Y lo único que puede redimir la más grande de las tragedias es el amor, el sentirse amado y el amar apasionadamente.
Una película sobre los sobrevivientes al Holocausto Nazi y las terribles consecuencias personales, emocionales e íntimas que sobre ellos tuvieron. Sobre la trascendencia de las elecciones, sobre lo relevante de las decisiones, sobre lo imposible que es sobreponerse a determinados hechos. Una película desgarradora que creo no debe dejar de verse.
© Del Texto: Anita Noire