Perdiendo el tiempo con Harvey Milk

No me gustan las películas que retratan la vida de nadie que haya existido, sobre todo si son contemporáneos míos. El motivo es sencillo. Son una pequeña estafa. Inventan un protagonista que poco tiene que ver con quien fue y acaban creando un personaje irreal que el mundo cree y acaba sustituyendo a la persona que realmente fue. Estoy segura de ello. Es por eso, sólo por eso (porque no me gusta que inventen la vida de alguien que es real), por lo que me resisto a tragar con este tipo de películas.
Las personas tenemos a nuestra disposición una vida poliédrica, compuesta por distintas caras: una, la que nosotros vivimos realmente; otra, la que nosotros mismo creemos vivir; una tercera, la que los demás creen que vivimos y otras que ahora mismo se me escapan. Conjuntar todo eso en una película es, prácticamente, imposible porque, por lo general, no contamos con la primera ni con la segunda de las caras del poliedro en cuestión.
Siendo así, alguien se preguntará ¿Cuál es el motivo por el que, de vez en cuando, pierde usted el tiempo viendo filmes biográficos? La única respuesta que puedo dar es que, de vez en cuando, lo hago para no olvidar los motivos por los que no veo ese tipo de películas y así mantenerme, durante un buen puñado de meses, sin perder el tiempo de nuevo.
Pero hoy me tocaba perderlo, así que esta tarde, mientras me acomodaba en el vagón de un tren que me devolvía a casa, he decidido que había llegado el momento de tomar la dosis de rigor. Lo que digo puede sonar a estupidez, pero a veces para reafirmar mis convicciones y saber a ciencia cierta que estoy por el buen camino, tengo que asomar un poco la nariz en el lodazal en el que no quiero caer de nuevo, aunque me la tizne un poco. Esto es lo que ha pasado hoy y por eso me he pasado dos horitas viendo un film biográfico.
La película “Mi nombre es Harvey Milk”, a mi entender , una historia mal contada, mal enfocada, mal de todo, que habla sobre los últimos diez años de vida del activista gay Harvey Milk, en su batalla por la defensa de los derechos y libertades civiles de la comunidad gays en los EEUU de los años 70. No me ha gustado, no me ha resultado nada creíble, no me ha gustado el enfoque, no me ha gustado absolutamente nada. Estoy plenamente convencida de que la vida política del Sr. Milk fue mucho más amplia e interesante que lo que la película consigue transmitir y que su trabajo en pro de las libertades civiles fue, sustancialmente, mucho más que lo que en la película nos muestra o transmite. Creo que esta película se queda en lo estrictamente superficial, pero puede que esa fuera la intención de su director, no adentrarse en los personajes, quedarse en los simples hechos testimoniales como si de un documental situacional se tratara. Sinceramente, le falta “chicha”.
Podría soltar una soflama sobre los derechos y libertades civiles de las personas, sobre que todos somos iguales en derechos y obligaciones, en que la orientación sexual de las personas no tiene la menor trascendencia salvo en la vida de cada uno. Pero no creo que sea ni el espacio, ni el momento, ni seguramente la persona adecuada y, sobre todo, porque lo visto en la pantalla poco me dice para que se me exalte la vena político-humanista.
Me quedo con muy pocas cosas de este film. La primera, la actuación de Sean Penn, grande, pese a mis enormes reticencias al film. Y, sin ninguna duda, me quedo con aquellos pocos momentos de la película, que sin ser reales, que siendo simples recreaciones de relleno sobre la intimidad de su protagonista, son los que hoy me hacen pensar. Sé que esos momentos sólo han sido introducidos por el director de la película para intentar mostrarnos al ser humano que se escondía tras el personaje político. Pero esos, son los que nos muestran a quien sufre por sentirse diferente entre sus iguales. Esos momentos son los que me interesan porque hoy pienso en ellos.
La existencia de las “diferencias” que se dan entre las personas, esas por las que la sociedad nos estigmatiza, nos ensalza o nos destruye, son el elemento conformador de personalidades enormes, lo que puede convertir a un ser en excepcional o en un verdadero miserable.
Las diferencias suelen ser dolorosas. Encauzar una vida sabiéndose permanentemente cuestionado, por algo tan poco trascendente como puede ser: el color de la piel, la salud, la raza, el sexo, la nacionalidad o la orientación sexual, como ocurre en el caso de Harvey Milk, requieren una gran dosis de paciencia, de conocimiento de uno mismo, de coraje y valentía de lo que no todo el mundo puede hacer gala.
Pero para eso existe también la esperanza. La esperanza en que el hombre, el ser humano, puede con todo y que sólo gracias a los valientes la sociedad avanza. Que los “diferentes” son, en la mayoría de ocasiones, los que hacen avanzar el mundo, porque son ellos los que tienen esperanza. Sólo se puede seguir caminando con la vista al frente si existe, si tenemos, esperanza.
Ya lo dijo Harvey Milk: “sin esperanza no merece la pena vivir, por esto tú, tú, y tú tenéis que darles esperanza”.
© Del Texto: Anita Noire

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