Regalos envenenados. Salvar al soldado Ryan.


Cuando se estrenó esta película en el año 1998 yo estaba trabajando en Warner. Se trataba de una mega producción de la que se esperaba una recaudación más que millonaria, y nos invitaron a un pre-estreno en un pase privado al que solo asistimos unas 40 personas.
La Sra. Ryan va a recibir en un mismo día tres telegramas comunicándole la muerte en combate de tres de sus cuatro hijos. El cuarto se encuentra en algún lugar de Normandía, por lo que el General Marshall ordena que lo encuentren inmediatamente y lo envíen de vuelta a casa.
Tengo muy nítidas en mi retina las primeras imágenes de la película. Cientos de enormes barcazas grises aproximándose a la playa de Omaha el día del desembarco. Un cielo gris sobre un mar gris. En cada barcaza, un buen puñado de hombres en silencio. Un hombre joven con uniforme de combate gris vomita en el mar, y una vez se abren las compuertas de las lanchas y saltan a la orilla, la escena de guerra más larga y verosímil jamás filmada. No nos ahorraron nada. Piernas y brazos amputados, hombres muriendo en soledad en medio del frío, del caos y de un terrible dolor físico.
La escena de la playa, de 22 minutos de duración marcó un antes y un después en la historia del cine bélico. Ya nada volverá a ser en Technicolor. En Salvar al soldado Ryan, una técnica de cámaras al hombro y velocidad de obturación muy elevada, dotan a las escenas de un subjetivismo tan real, que lo convierten en un referente dentro del género. La guerra se muestra por primera vez tal y como todos intuimos que debe ser en la realidad: atroz, inexplicable y carnicera, porque en la playa de Omaha de Salvar al soldado Ryan, los hombres no mueren en paz recostados sobre el regazo de su mejor amigo y compañero que les sujeta la cabeza mientras les jura que irá al fin del mundo si hace falta para entregar a su novia el relicario que llevan sobre el pecho. En la Omaha de Ryan, los hombres mueren solos mientras otros les pasan por encima, aullando de dolor, temblando de miedo, y sin saber por qué mueren ni qué les ha llevado hasta allí.


El hecho de que se no se tratara de una sala de cine al uso, con luces de emergencia que indicaran la salida, y la vergüenza de levantarme ante un puñado de desconocidos y mostrar mi debilidad me impidió salir de aquélla segunda fila y me obligó a quedarme durante las casi tres horas que dura la película. Hubo un cocktail después, pero yo me fui de allí sin probar una almendra. Llegué a casa, reuní a mis dos hijos pequeños de diez y trece años en mi cuarto, y les dije que tenía algo importante que decirles. Recuerdo que me miraron con los ojos muy abiertos y yo supe entonces que no me entenderían, pero aún así les supliqué que disfrutaran mientras pudieran, que apreciaran lo que tenían alrededor, que se sintieran seguros en casa, que dejaran de pelearse y que yo lucharía para fabricarles recuerdos en los que pudieran refugiarse si alguna vez en la vida pasaban por una situación de miedo y desamparo. Una cama limpia, una casa caliente, el abrazo de una madre, luces encendidas. Creo que fue a partir Ryan cuando empecé a malcriar a mis hijos. Todo me parecía insignificante: los suspensos, los retrasos, el desorden. Sólo quería que fueran felices.
Poco me importa el argumento de la película, en el que cada uno de los hombres que conforman el pelotón que ha de encontrar a Ryan se cuestiona las órdenes que recibe. Puede ordenarse arriesgar la vida de 8 hombres para salvar la de uno sólo? No lo sé. La vida es un regalo del universo que con demasiada frecuencia se convierte en un caramelo envenenado que nos coloca ante lo inhumano, lo injusto, lo atroz, el infierno, la guerra.
Y nosotros, como muñecos de trapo.
© Del Texto: pyyk


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