Hoy, café y lápiz. La carretera.

En literatura el universo que se va construyendo a medida que avanza la narración tiene unos límites muy difusos. El autor los coloca, pero el lector los puede rebasar con facilidad. La imaginación del escritor se suma a la del propio lector.
En cine el universo tiene unos límites mucho más claros. Los escenarios son como se ven en la pantalla, los personajes tienen cara, pies y nariz (tienen de todo), sus voces se escuchan. Nada se imagina.
En literatura se crea un universo mientras que en cine se entrega un universo dibujado con líneas exactas.
Es por eso (creo yo que es por eso) por lo que la novela “La Carretera” de Cormac McCarthy me fascinó y por eso (creo yo que por eso) por lo que la película de John Hillcoat me ha parecido pasable. A secas.
El horror, el frío; un mundo arrasado, sin posibilidades; diálogos secos y helados entre un padre y su hijo que hablan así aunque se adoran entre ellos, todo, amplificado por mi capacidad de fabulación al leer, deja en un juego de niños lo que he visto en pantalla. Es verdad que la esencia de la novela se vislumbra en la película. Es verdad que el esfuerzo del director es grande. Es verdad que, para el que no haya leído la novela, puede tratarse de una película interesante. Tan verdad como que yo sí la he leído, tan verdad como que no me ha descubierto nada que no pudiera imaginar yo solo.
La novela habla de la condición humana, concretamente de los límites que una persona gestionará durante su vida, de cómo los modifica. Es el vehículo aterrador que lleva a lectores o espectadores hasta el tema que McCarthy quiere explicar y Hillcoat imita, hasta la esperanza. Una esperanza sin color en el mundo aunque con los matices que la inocencia de la niñez puede aportar.
No creo que esta película pase a la historia del cine como algo especial. La novela, sin duda, lo hará.
Esta vez, en lugar de palomitas y la mirada fija en la pantalla, café y la mente atenta y dispuesta a dibujar.
© Del Texto: Nirek Sabal

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