El día que me enamoré de mí. Amelie.


Lo que diferencia a Amelie del resto del mundo es que se fija en las cosas pequeñas, en lo que nadie se para a contemplar, en su propia fantasía y desde esa fantasía. Imagina que algo puede ser para que sea. La realidad de convierte en algo imaginario para que pueda volver a ser algo conocido. Sin mirar no hay nada.
Amelie es una película original, una película encantadora, una película que juega con el mundo pensado por su protagonista porque es el único modo de tener un mundo, mejor o peor.
Miramos la pantalla. El arte sujeto a la técnica se muere de pena. La literatura que llega desde el copiar lo anterior, la literatura sin fabular, se quiere suicidar. La vida sin cumplir los sueños antiguos se parece a la nuestra, a esa que vivimos. La vida sin esperanza es un mal chiste.

Todo es una gran sorpresa. Y eso lo sabe Amelie. Pero lo otros lo han olvidado. Así que, desde lo pequeñito, provoca que todo sea nuevo. Unos lo ven, lo entienden y lo aprovechan. Otros lo sufren.
Cuando vi la película alguien me preguntó qué me había parecido. Me tomé unos segundos antes de contestar. Podría haberlo hecho como tantas veces. Me ha encantado, es excelente, está muy bien resuelta o algo así. Sin embargo, por una vez desde que me siento adulto, decidí dejarme ver con total trasparencia. Me he vuelto a enamorar, dije. El que preguntaba me miró esperando que continuase. Algo perplejo. De lo que fui, querido, de la forma tan sencilla con la que entendía las cosas cuando era un niño. En realidad, me he enamorado locamente de mí mismo. De Amelie. Porque todo es mágico. También el amor y me puedo enamorar de lo que me dé la gana.
Y no mentía. Me hizo recordar que todo es posible si es que puedo llegar a imaginarlo, que todo es yo si lo miro.
Si no han visto esta película háganlo. Si la han visto ya, repitan. Y si no han logrado tener una mirada más clara, preocúpense. Quizás estén muertos.
© Del Texto: Nirek Sabal

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