mar 30 2010

Revolutionary Road: Entender un mundo

Igual que los libros, las películas tienen reservado un momento concreto en la vida de cada uno de las personas. Una misma película gusta si te sientes feliz y seguro, o disgusta si la vuelves a ver cuando pasas por malos momentos personales. No es lo mismo ver Los puentes de Madison mientras vives la felicidad de tu matrimonio que verla cuando sabes que tu pareja te ha sido infiel. Algo así.
Andaba yo pasando una mala racha personal (poca cosa, no sabía cómo me llamaba y eso) cuando fui al cine para pasar un rato tranquilo. Y me encontré con Revolutionary Road. Me desagradó enormemente lo que me contaron. Necesitaba otras cosas en ese momento. Tal vez algo de Disney.
Sin embargo, salí de la sala de proyección sabiendo que había visto una película de buen cine. Si alguna vez tuviera la oportunidad de dirigir quisiera que fuera para rodar algo parecido. En fin, una excelente película que cuenta una historia tremenda. Eso pensé.
La he vuelto a ver hace unos días. Esta vez sabiendo cómo me llamo y eso. Fui anotando aquello que más me interesaba (casi todo tuvo que ver con el proceso narrativo, más que nada porque el resto me resulta inaccesible y se lo dejo a los que saben). Terminé de verla y supe de inmediato que algo me dejaba atrás, que no terminaba de mirar bien, que no podía guardar la copia sin más. No era sólo una excelente película que contaba una historia tremenda. Allí se veía algo más.
Eché un vistazo a mis notas. Los personajes masculinos son estereotipos, pero estereotipos inmensos. DiCaprio representa a todos los maridos del mundo, dice y hace lo mismo que el marido que tiene cualquier mujer en la cabeza. Sus amigos son los amigos de cualquier tipo que va a trabajar y se encuentra con ellos cada mañana. El vecino del matrimonio protagonista es tan imbécil como cualquier imbécil que se fija en la vecina estando casado. Los ejecutivos y los jefes de las empresas (todos hombres) causan bochorno con sólo dejarse ver. Todo un gran estereotipo masculino. La historia no deja de ser una historia que se repite día a día. Matrimonio aparentemente feliz, incluso ideal, envidiado por todos, pero que esconde una tonelada de miserias. Un colosal estereotipo. ¿Y ellas? Una vecina coñazo y entrada en años (estereotipo), otra vecina que traga con lo que haga falta para salvar su matrimonio, para que todo parezca normal (estereotipo), la secretaria jovencita que se deja seducir por un guapo e interesante ejecutivo (estereotipo). Y la protagonista (Kate Winslet). Ella es la que no cuadra en todo esto. Afortunadamente. Este no es un personaje ramplón, no, no lo es.

Después de leer las notas que había tomado estaba claro que ver la película por tercera vez era lo suyo. Pero esta vez pegándome mucho a la mirada de ese personaje. Desde ella y sólo desde ella.
Para entender a ese personaje hay que ir más allá de lo que dice. Sobre ella reposa todo el peso narrativo de la película. Y, por tanto, la carga expresiva del lenguaje (el guión es un esfuerzo constante por conseguir ese efecto). Lo que dice ella es lo que mueve el universo de la película. Sus silencios son tan importantes como el lenguaje corporal. Kate Winslet está especialmente bien y logra todo lo que se propone en cada secuencia. El resto de personajes no entiende casi nada (igual que el espectador que no quiera hacer un pequeño esfuerzo) y sólo cuando aparece un loco por allí, ella sabe que lo que dice no es tan difícil de comprender. El loco entiende a la única persona que no juega a la vida fácil y llevadera, a la única persona que quiere construir un mundo distinto en el que poder sobrevivir. Los estereotipos, lo mediocre, no van con ella. Nadie entiende su lenguaje, el fondo de las cosas y decide hacer cosas. Cosas que pueden parecer horribles, pero que son la única alternativa para escapar de ese estereotipo en la que se convierte por momentos.
Por todo esto la película se convierte en algo distinto, magnífico. Porque, igual que en los libros, lo importante no es construir un universo y explicarlo sino saber qué universo se dibuja en la consciencia de los personajes para que lo entendamos. Parece que es lo mismo y no lo es. Ni mucho menos. Por todo esto la película se convierte en algo distinto, magnífico. Y porque ya sé cómo me llamo y eso.

© Del Texto: Nirek Sabal


Chucho Valdés – Embraceable Yoy


mar 29 2010

Julieta de los espíritus: La gran excusa para poder ver caballos pastando

En una de mis incontables crisis nerviosas, cuando yo andaba de retiro espiritual, físico y social, y mi único contacto con el mundo consistía en las diarias y emocionantes tertulias con un inefable novelista al otro lado del planeta, encontré misteriosamente a “Julieta de los espíritus” junto con la prensa del día en una sala de urgencias de un fatídico hospital.
Podía haber encontrado “La pena y la piedad”, o “Quo vadis”, o cualquier peñazo de Spielberg. O qué se yo. Pero ese confuso estado mío de fuga mental constante, de surrealismo en estado puro y fantasías seudomísticas sólo podía atraer irrestiblemente un rompecabezas titulado “Julieta de los espíritus”. Toda una orgía de imágenes, de espiritistas, de colores disparatados.
Así que una tarde de invierno y mermelada, yo me metí en la cama con un caniche, un lunático Fellini y una desesperada Julieta Degli con la intención de no salir en mucho tiempo de ese ascético estado mío, de ese universo misterioso, de ese elenco de locos tan característicos procedentes de Rímini, la mayoría.

Me recreé especialmente en una escena onírica que vi compulsivamente durante días. En esta escena, la señora Degli, impecablemente vestida de blanco y con gafas de sol negras, disfruta de una soleada jornada de playa rodeada de unos pintorescos personajes hasta quedarse plácidamente dormida en su hamaca y sufrir un delirante sueño, que, horas más tarde, cuando yo preparaba mi habitual descafeinado con Orfidal de cada noche, me provocó un súbito estallido emocional y alucinatorio,del que todavía, casi tres meses más tarde, no me he recuperado. Créanme.
Con mirada y sonrisa esquizofrénicas, Fellini me cuenta, por fin en color, las peripecias místicas-oníricas de una mujer reprimida por la presión social, la iglesia y su círculo de relaciones, exactamente las mismas obsesiones del propio Fellini.
Julieta Degli tiene la suerte de pasarse una película entera alucinando entre sueños y sesiones espiritistas con la obsesión de descubrir la infidelidad de su promiscuo marido. Y así, tira de una interminable cuerda en la orilla y saca del fondo del mar y de su inconsciencia inagotables personajes fantasmagóricos con la esperanza de encontrar una respuesta, una señal secreta, que delate a Giorgio.
Yo, que no tengo marido ni promiscuos a la vista, tuve que inventarme mil excusas para para ver caballos pastando en el mar… Para tener una cuerda de la que tirar con todas mis fuerzas sin saber muy bien qué embarcación de chiflados me traería.
Caprichosa, inestable y absolutamente imprevisible como los vientos de Romaña, me dejé llevar por los sueños de Julieta, por sus pelucas multicolores, sus pamelas para el sol, sus celestiales columpios circenses… Tanto, tanto, tanto, que un maravilloso cortocircuito se produjo en mi apartamento arrasando con todas mis lámparas y visillos, arruinando mis juegos de copas, derritiendo mi nevera hasta fundir las únicas luces que me quedaban ya… Eran los espíritus de Julieta Degli aferrándose a mi nada…
Quiero concluir diciendo que este texto ha sido escrito en la misma sala de urgencias dónde encontré a Julieta y dónde laterá un hálito circense para siempre, que comparto con Fellini su percepción mágica del mundo, y que este tipo de “espéctaculo”, basado en la maravilla, en la fantasía, la burla, lo absurdo, la falta de significados fríos e intelectuales, es justamente el espéctaculo que me va a mí.
No quiero ver nunca más “Julieta de los espíritus”. Cuando la olvide, me la inventaré.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Lee Konitz – Luiza


mar 29 2010

Pequeña Miss Sunshine: La conversión de los sueños en ciencias exactas.

Un abuelo cocainómano y aficionado a la pornografía al que han acabado echando de la residencia. Un hermano adolescente que odia a todo el mundo y lee a Nietzsche sumido en un riguroso voto de silencio hasta que consiga entrar en las Fuerzas Aéreas. Una sufrida madre sobrepasada por el diario de su vida a pesar de lo cual consigue mantener a su familia unida. Un tío, el mayor experto en Marcel Proust de los Estados Unidos, que lleva las muñecas vendadas después de no haber sido capaz de superar el desengaño amoroso con uno de sus alumnos. Y un padre que fracasa en su intento de editar un libro de autoayuda sobre cómo conseguir el éxito en sólo nueve pasos.
Esta es la familia de Olive Hoover. Una niña con gafas de pasta y unos cuantos kilos de más por la que todos emprenden un viaje a contrarreloj de 1.300 kms. hasta California para que Olive participe en lo que es el gran sueño de su vida, un concurso de niñas belleza: “Pequeña Miss Sunshine”.
He leído que Michael Arndt, el autor de este guión se inspiró en unas declaraciones de Arnold Schwarzenegger afirmando que le daban asco los perdedores y que los despreciaba profundamente. Arndt quiso ahondar en esta idea vacía de contenido y digna de ser satirizada en una cultura en la que se premia el éxito por encima de ninguna otra cosa y a cualquier precio. Para ello, se sirve de unos antihéroes que nadan a la deriva en el fracaso de sus vidas y que acaban siendo vencedores de una pequeña historia personal.
- “Abuelo, tengo miedo de fracasar”, dice Olive.
- “Un fracasado es alguien que tiene tanto miedo de no ganar que ni siquiera lo intenta”.
No existen ganadores y perdedores. Lo importante es el afán de superación, saber hacia dónde vamos y no dejarnos en el camino las pequeñas cosas que son lo más valioso de la vida; una afirmación que ya no habría que discutir y que debería ser declarada como una ciencia exacta. Arndt firmó algún ejemplar de su guión con la siguiente dedicatoria: “Divertirse es mejor que ganar”. Me sumo: sin duda, a veces es mejor perder.


Viendo Pequeña Miss Sunshine tengo la impresión de que aún sin tener un abuelo cocainómano o un tío suicida, mi familia es tan atípica como los Hoover, y que al final, si hurgas un poco, todas las familias acaban siendo disparatadas y tragicómicas en algún momento. Antes o después unas y otras se ven abocadas a atravesar situaciones surrealistas igual de merecedoras de recibir el Oscar al mejor guión original. Una vez que aceptamos nuestras propias historias de fracasos y siniestros, cualquier familia de frikis se convierte en única, entrañable, y normal.
Pequeña Miss Sunshine es algo más que un canto a la libertad. Es un descomunal corte de mangas a los estereotipos, al sistema, a los convencionalismos y a las buenas costumbres. Pequeña Miss Sunshine es el road movie de una familia tan normal como otra cualquiera a bordo de una desvencijada furgoneta amarilla en la que a través de las ventanillas solo entra aire, aire, aire fresco.
En cuanto a Arnold Schwarzenegger, me alegro de que dijera esa idiotez que ha dado lugar a esta joya. Me encantan las películas de perdedores.
© Del Texto: pyyk

Zoot Sims – Low Life


mar 28 2010

Bella: De cómo mover el mundo

Hace unos días, una persona me hablaba de la amistad, de esas relaciones que empiezan cuando uno se siente perdido en su mundo, en sus cosas y tropieza con el gesto amable de quien por no se sabe qué motivo, apareció por allí. Alguien que llega sin saber cómo. Posiblemente porque, algo que no sabemos qué es, hace que, los que están destinados a encontrarse, se encuentren. Quizás sea cosa de las sinergias. Pero volviendo a esas personas, las que se encuentran a mitad del camino, sin ninguna pretensión, se transforman, en ocasiones, en verdaderos puntos de apoyo y es por eso por lo que los dos se sienten libres, uno para pedir y el otro libre para dar o no dar nada.
De esas relaciones hablábamos, cuando se nos planteo si esa, y no otra, era la manera en que se inician las verdaderas historias de amor. De amor del de verdad, del bueno, del que no tiene fecha de caducidad.
En esa andábamos cuando me habló de “Bella”. Conocía la existencia de la película. Había visto unos fotogramas, unos días antes, a través de Luís, lo que me pareció una suprema casualidad. Ahí quedó todo. Sin embargo, vuelvo a lo mismo, a veces las cosas no parece que pasen porque sí. Hoy revolvía en unos cajones con cientos de DVDs, cuando ha aparecido ante mí esta película. Demasiadas casualidades, así que, aunque quería que mi próximo post fuera una comedia, no me he podido resistir a hablar de “Bella”.
La sinopsis: Una estrella internacional de fútbol José (Eduardo Verastegui), a punto de firmar un contrato multimillonario con un equipo de futbol, atropella mortalmente a una niña y su vida cambia abruptamente. Su brillante carrera llega a su fin. Nina (Tammy Blanchard) es una bella camarera que intenta sobrevivir en la ciudad de Nueva York cuando descubre estar embarazada de alguien a quien no quiere. Mil dudas en la vida de uno y de otro, contratiempos irreversibles sin posibilidad de marcha atrás que marcan sus vidas. Sin embargo, el encuentro entre los dos, donde uno y otro, ponen al descubierto sus circunstancias, harán que su existencia cambie de nuevo, convirtiéndola en más amable y en un suspiro a la esperanza.
El universo de “Bella” es la confluencia de necesidades vitales. Formamos parte de un todo universal, de un puzzle en el que nos limitamos a ser las piezas que encajan unas con otras. Es cuestión de suerte, de azar, de magia, de esfuerzo, de búsqueda incesante, no lo sé, el encontrar aquellas piezas con las que poder formar el paisaje perfecto de nuestro cosmos.
Sin embargo, yo no creo en las casualidades. Las cosas no pasan porque sí.
“Bella” me hace pensar en todo eso. En la amistad, en el amor, en la existencia de infinitas posibilidades en nuestras vidas, en las relaciones humanas. En la necesidad de creer en nosotros mismos y en los que nos acompañan por el camino. Puede que esta película no guste por encontrarse demasiado ñoña y previsible. Pero, para aquellos que a los que este tipo de films no les gusta, puedo recomendarles que olviden los diálogos, centrarse en la fotografía y, sobre todo, en la espectacular banda sonora (la música de Stephan Altman no tiene desperdicio).
Cierro este post con una aproximación a aquello que dijo Arquímedes: “Dame un punto de apoyo y moveré el mundo”. Eso y no otra cosa es lo que nos cuenta “Bella”.
© Del Texto: Anita Noire


Till Brönner – Your Way to Say Goodbye


mar 26 2010

Dibujante de interiores. Mi vida sin mí.

El cine de Coixet tiene acérrimos seguidores y tiene detractores feroces. Yo siento una especial predilección por los filmes de esta mujer y en concreto por “Mi vida sin mí”.
Siempre he pensado que Isabel Coixet, además de una gran directora de cine y una genial publicista, es una buenísima contadora de historias. Es muy difícil contar cosas y contarlas bien a mí ya me parece una proeza. Por eso me gusta Isabel Coixet, porque sabe explicar las cosas, sobre todo la vida, pero no una vida cualquiera, no lo accesorio de vivir, sino la vida íntima, los sentimientos, las sensaciones de las personas.
Corría el año 2003 cuando se estrenó “Mi vida sin mí”, en ella se narra la historia de Anna (Sarah Polley) , una chica de veintitrés años, madre de dos niñas pequeñas, la primera de las cuales nació cuando ella tenía 17 años. Anna se gana la vida fregando suelos en una universidad a la que nunca accederá. Está casada con Don (Scott Speedman), el único hombre con el que ha estado en su vida y que pasa la mayor parte de su tiempo en el paro. Ambos viven en una caravana en el jardín de casa de la madre de Anna (Deborah Harry), una mujer derrotada por la vida con su marido en prisión desde hace once años. Anna empieza a encontrarse mal y descubre que le quedan pocos meses de vida. Frente a esa realidad, decide no someterse a ningún tratamiento que le impida poder estar con sus hijas hasta el final y opta por no compartir con nadie la proximidad de su muerte. Ahora, en su pensamiento y el motor de sus próximos días, todo aquello que sabe que no va a hacer ni tener jamás, pero que de pronto pierde importancia frente al inminente final y la relevancia que de pronto adquieren cosas en apariencia tan simples, pero tan definitivas e importantes, como decir a sus hijas, cada día, lo mucho que las quiere, buscar para Don una buena chica que les guste a sus niñas, grabarles mensajes de cumpleaños para que sus hijas los reciban hasta que cumplan 18 años; celebrar un gran pic-nic en Walebay con los suyos; fumar y beber todo lo que quiera, decir lo que realmente piensa, hacer el amor con otros hombres que no sean su marido para saber cómo es; hacer que alguien se enamore de ella, cambiar su lacio pelo e ir a ver a su padre a prisión.
Podrán parecer cosas estúpidas, pero no lo son. Son las cosas que cobran significado cuando uno se vacía de todo lo externo y se queda desnudo ante si mismo.
Debo reconocer que soy incapaz de transmitir las muchas sensaciones que en mi produjo esta película. Como he dicho, corría el año 2003, por aquel entonces, con motivo de situación complicada, mientras estaba en una sala de espera, en mi agenda escribí lo siguiente:

“Recibir un diagnostico fatal es algo que nadie quisiera tener que digerir y para lo que nadie nos prepara. Pero la vida es así, las cosas no siempre las podemos hacer a nuestra medida, ni siquiera podemos evitar lo que no quisiéramos que llegara. Las cosas pasan, aunque no hablemos de ellas. Necesitamos tiempo para encajar noticias fatales que sabemos tendrán un desenlace letal. No estamos preparados para saber que, en un tiempo más corto que largo, la vida va a dar un giro mortal. Recibir una noticia del estilo, se recibe siempre en solitario por mucha compañía que uno tenga sentado a su costado, por muy fuerte que le aprieten la mano y por mucho que, como si fuera un eco, resuene aquello de “esto lo superaremos”. Cuando se recibe una noticia de tal calibre, el día se vuelve noche y la vida se acorta, no en las milésimas de minutos que transcurren desde que uno se sentó en aquel butacón y comprendió lo que estaba pasando, sino en la infinidad de momentos y tiempos que estaban por llegar y que ahora ya sabes no lo harán. Y aparece Láquesis sosteniendo en el aire la pluma que pondrá el punto final a tu vida y eso ya no tiene remedio. Y todo se vuelve relativo. Se minimiza lo que hasta ayer era de una magnitud escandalosa y aquellas poquitas cosas, que por corrientes y normales han pasado desapercibidas, toman de pronto una relevancia vital. Por eso y porque en cualquier momento Clotos y Átropos vendrán a reunirse con Láquesis para entregarnos la Sentencia definitiva que ya ha devenido firme, es por lo que tenemos obligación de vivir nuestra vida. Pero esto sólo se aprende a golpe de grandes sustos y disgustos. Tenemos la obligación de vivir la vida que tenemos de la mejor manera posible, intentado no pasar sin pena ni gloria, sino viviendo intensamente aunque en ocasiones nos duela y sobre todo, para no tener que arrepentirnos nunca de lo que al final no hicimos.”
Creo que en esencia eso mismo es lo que la película nos quiere decir y yo me veo incapaz de escribir nada más porque creo que es una película que hay que ver, que hay que sentir. Véanla, y si ustedes no adoran a Coixet, como yo, quizás sí descubran a una buena contadora de historias.
© Del Texto: Anita Noire


Bill Evans – Theme for Debby


mar 26 2010

Annie Hall: Autopsia de una relación sentimental


He escuchado muchas tonterías en clases de guión, de análisis fílmico, de obsesos por las autopsias cinematográficas. Creo firmemente que hay cosas que no deberían estudiarse nunca. Creo que el cine es una de esas cosas que se estudian inutilmente. Sin embargo, conservo un bonito recuerdo del análisis que un entrañable profesor mío hizo sobre “Annie Hall” una mañana de bostezos y langostas…
Ese profesor mío intentaba explicar en vano cómo contar una historia de amor de 93 minutos sin recurrir al trillado y soporífero “Te quiero” de otras historias románticas. Para ello, puso de ejemplo esta película, dónde un chico y una chica, que son la monda, se “dicen” que se aman mientras se enfrentan a unas terroríficas langostas en la cocina. La chica ríe a carcajadas y capta con su cámara al chico que grita espantado ante semejantes crustáceos. Se aman.

 

Más tarde, cuando el chico intenta probar con otras chicas la misma escena, a éstas no les hacen ninguna gracia las langostas ni demás crustáceos. La cosa no funciona.
Esta secuencia langosta no es más que el “encuentro” que se produce después de la secuencia “encantamiento” de toda relación sentimental, cuando el chico y la chica se conocen y beben vino en una terraza de geranios multicolores mientras charlan de mentira adulterando un buen lote de subtítulos de verdad, como todos los subtítulos.
Luego, el destino, conspirador y fastidioso en toda relación sentimental, secuestra a la chica con destino a Los Ángeles, con un hortera de esos que sólo habitan en Los Ángeles, y sin billete de vuelta de Los Ángeles. Provocando así un “desencuentro” aéreo, que obliga al desdichado chico a superar, inexcusablemente, su fobia a los aviones.
Si me baso en esta autopsia de ese entrañable profesor mío al que nunca hice ningún caso, y hago un ligero repaso a mi desastroso currículum sentimental, tengo una secuencia “encantamiento” en la que bajo a tomar un vino con un desconocido y vuelvo dos días más tarde con un buen repertorio de subtítulos en mi bolsillo. Una secuencia “encuentro” la tarde en que un tipo al que adoro cocina una carbonara mientras yo lo observo en boxer y calcetines sentada en el fregadero, y una infinidad de “desencuentros” provocados siempre por ese destino mío, totalmente irracional, y loco, y absurdo, pero que supongo, sigo manteniendo, porque yo, como Alvy, también necesito los huevos…
© Del Texto: Sonia Hirsch

Richard Galliano – Sur: Regreso al amor


mar 25 2010

Gran Torino: De castaña a normalucha


No me gusta ver películas precedidas de grandes halagos, de comentarios grandilocuentes o excesivos en su forma y en su fondo. Yo, que soy de fácil convencer, me creo lo que me dicen. Voy al cine y, yo que soy de fácil decepción, me cabreo cuando compruebo que la película es más normaducha que otra cosa. Del propio enfado, tiendo a valorar injustamente lo que veo. A la baja, claro. Esto me ha pasado muchas veces. Muchas. Y sólo he sido objetivo al hacer valoraciones cuando he mirado por segunda o tercera vez la película. De castaña han pasado a ser normaduchas. Muy pocas lograron convertirse en buenas.
Clint Eastwood es un actor que sigo desde hace muchos años. Creo que he visto todo en lo que ha intervenido, bien como director o bien como actor. Cada película sumada más me ha gustado. En ambas facetas.

 

Sin embargo, Gran Torino me pareció una película bastante justita en todos los aspectos. Para no mentir diré que la interpretación de Eastwood sobresale sobre la mediocridad de una fotografía desaparecida, un guión ventajista y facilón a más no poder o una dosis de moralina desproporcionada.
Esta película es algo así como un best seller en literatura. Funciona y funciona bien para el público más numeroso, un público no muy exigente que tiene ganas de pasar el rato, divertirse o llorar o creer que el mundo es maravilloso. Funciona entreteniendo; sus trampas son camufladas por una trama ligerita y llena de chistes, chascarrillos y heroicidades increíbles; los personajes se dibujan con bastante facilidad (no tienen dentro gran cosa). En fin, esas cosas que se venden de maravilla, no causan grandes problemas al que las compra y de las que se puede hablar con tranquilidad.
Gran Torino es previsible. Gran Torino es una película de tránsito para alguien que lo tiene todo hecho y quiere contar lo que le da la gana (me refiero a Eastwood). Gran Torino es una película del montón, una película que te tragas con gusto y vomitas con mayor placer. Gran Torino está, desde el primer fotograma, a punto de vaciarse de forma irremediable. Gran Torino trata de enseñar un mundo en el que las diferentes razas pueden llegar a ser una (mentira), en el que la esperanza es lo más importante y nos salva (mentira), en el que las personas terminan rendidas ante la amistad y el amor verdadero (mentira). Gran Torino es una película del montón. Por más que la veo me siento incapaz de pensar otra cosa distinta.
© Del Texto: Nirek Sabal

Keith Jarrett – No lonely nights


mar 24 2010

Lo necesario de poder regresar. Up in the air.

¿En qué mundo vivimos? Existe una tendencia extraña a pensar que todo lo que es emocional, es ñoño, poco profesional. Desde el mundo empresarial, y porque no, incluso en el personal, hemos emprendido un ataque feroz a la comunicación directa entre personas. Hoy en día nos comunicamos por teléfono, por mails, nos vemos por videoconferencia, y nos creemos que con ello nuestras relaciones personales y profesionales se vuelven más eficaces, más rápidas, más ágiles. Posiblemente sea cierto, pero, también lo es, que las estamos deshumanizando.
Hoy lo que” triunfa” es viajar ligero de equipaje, la falta de compromiso, la voluntad de no involucrarse demasiado con el que tenemos a nuestro lado. Sin embargo, a la hora de la verdad, cuando las cosas vienen mal dadas, lo que buscamos siempre es el calor que nos da precisamente los que tenemos a nuestro lado, nuestros amigos, nuestra familia, nuestras parejas. No podemos vivir eternamente con una mochila vacía.


“Up in the air”, muestra precisamente todo esto. Ryan Bingham (George Clooney), es un profesional cuyo trabajo consiste despedir a gente. Vive viajando por todo el país, sin más obligaciones que las que su propio trabajo le impone. Vive a caballo de cientos de aeropuertos, hoteles de primera y coches de alquiler. Toda su vida en una maleta. Su único objetivo, conseguir alcanzar el máximo de millas viajadas para entrar en una estúpida élite de viajeros. Por el camino, tropezará con Susan (Vera Farmiga), otra viajera profesional que como él, pasa media vida recorriendo el país. El inicio de una relación con Susan, el encuentro laboral con una novata (Anna Kendrick) que pretende revolucionar el sistema de despidos de la empresa y que terminará afectada por la consecuencias de su trabajo, provocan el primer tambaleo en la vida de Ryan quien, sin remedio, acabará contemplando como su vida en solitario como opción no es más que un fraude.
“Up in the air”, no es una comedia, es más bien el drama de la sociedad que estamos creando. No se puede vivir sin mochilas, sin un domicilio fijo, porque todos, absolutamente todos necesitamos poder contar con alguien en quien apoyarnos cuando desfallecemos a medio camino, compartir nuestros buenos momentos, todos necesitamos un sitio al que volver y sentir que estamos en casa. Lo podremos hacer mejor, lo podremos hacer peor, pero creo que todos necesitamos tener bien anclados nuestros puntos de referencia, con nuestros amigos, nuestras familias, nuestros mundos reales que son, en definitiva, los que nos mantienen con los pies en el suelo.
Y es que como dice el propio Ryan Bingham, “La vida es mejor en compañía. Nos hace falta un copiloto”.
© Del Texto: Anita Noire


Donald Byrd – Smoothie (Take 4)


mar 23 2010

Escuchando a Charlie Haden

Hace ya seis años que cambié de teléfono, de identidad, de apartamento. Hace ya mucho tiempo que me escondo tras un antifaz y unos tapones de oídos a lo Holly Golightly. De esos blanditos y rosas. De esos que te excluyen, te impermeabilizan, te arrinconan muy lejos del sonido, el compromiso, las borrascas.
Yo quería esquiar, montar en moto, conocer gente… Compartir apartamento con un gato sin nombre, seducir a especuladores, novelistas… Quería volver a casa al amanecer con traje de noche, croissants y café en vaso térmico.
Yo no quería extrañar a nadie. Quería disparatadas y caprichosas fiestas en mi pasillo. Una constante pasarela de figurantes, novelescos y utópicos todos, que dispersaran esa sensiblería mía que tanto miedo me daba. Abrasar con mi boquilla todos los sombreros, todo afecto aderezado.

Yo quería beber vino en mi bañera con desconocidos. Destrozar la cristalería, desbaratarme en cada baño.
Me gusta callar mi teléfono en la maleta. Enfurecer al vecino de arriba cada noche que pierdo mi llave. Provocar al estudiante de abajo cada madrugada que toco su timbre para suplicarle tabaco.
Hay huellas de cigarrillos en mi sofá, en mis visillos, en mi suelo flotante, y hasta en la tecla “X” de mi ordenador.
No existe ya fórmula alguna de neutralizar los humos de este bibelot mío. Mi bañera se vuelve amarillenta. Restos de vidrio atascan mi desagüe.
Esta mañana vuelvo con zumo de tomate y sobras de brownie. Escucho a Haden. Espero en mi sillón voltaire. Espero.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Charlie Haden – En la orilla del mundo


mar 22 2010

Creer en las personas. Precious.

Llevo una hora sentada frente a la pantalla. Intento ordenar mis ideas para poder escribir lo que realmente quiero contar y no he conseguido escribir una línea en todo este tiempo.
Suena en mi cabeza: Precious, Precious, Precious.
¿Se puede nacer en el infierno, crecer en el infierno y tener puestas las esperanzas en el futuro? ¿Puede alguien superar una existencia de humillaciones, vejaciones y maltrato que taladra no sólo el cuerpo sino también el alma? Sí, se puede. Con una batalla feroz, titánica, pero se puede. Existen personas con una llama interior, en permanentemente combustión, que les ayuda a sobrevivir entre la mierda, entre el dolor, entre la podredumbre que desde niños les inoculan en vena los que, se supone, deberían velar por ellos y quererlos. Estoy convencida de ello.
Y me repito: Precious y resiliencia; Precious y resiliencia; Precious y resiliencia.
La historia de Clarencee Precious Jones, es la de una niña de dieciséis años, negra, casi analfabeta, que espera su segundo hijo. El primero lo tuvo a los doce años, una niña con síndrome de down a la que conocen con el nombre de Mongo, cuyo padre es su propio padre. Vive en Harlem, con su madre (Mo’nique), en Lenox Avenue, el reino de los invisibles, de los sin voz. Su madre es una mujer obesa y cruel, cuya única ocupación durante el día es ver la televisión, comer lo que Precious le prepara, obtener las prestaciones de la beneficencia a costa de su hija y nieta, mientras la maltrata, culpabilizándola de las propias agresiones sexuales que sufre por parte de su padre, acusándola de robarle a su marido y tratándola del modo más denigrante posible. Precious tiene que abandonar la escuela a causa de su embarazo. El centro escolar es su única atadura al mundo cuerdo, al mundo de los adolescentes, el único lugar por el que siente algún interés y en el que consigue, aún siendo invisible, abandonar el mundo en el que vive. Precious acabara en un instituto para casos desesperados que para ella será el inicio del camino de la recuperación, de la esperanza. Pero allí, en el último escalón del pozo, cuando ya no queda más infierno al que bajar, encontrará a la señorita Rain (Paula Patton), una maestra joven junto con sus compañeras, otras chicas con vidas desquiciadas, pero juntas, con la ayuda de la asistenta social (Mariah Carey) y de un enfermero (Lenny Kravitz), será con ellos, con los que ven más allá de la simple apariencia, con quienes Precious comenzará su ascenso desde los infiernos.
Precious, es un personaje perfectamente elaborado, una contraposición entre lo aparente representado lo exterior, el mundo hostil, y lo invisible, lo interior, lo hermoso. Precious es gorda, fea, ninguneada despreciada, violada, maltratada, odiada, vejada, humillada por su padre, por su madre. Sin embargo Clarencee Precious Jones es inmensa, hermosa, única y con una voluntad de hierro que sólo los elegidos entre los excluidos poseen. Ella es la personificación de la resiliencia, de la humanidad, del instinto amoroso y de protección hacia los suyos, los verdaderamente suyos, los que dependen de ella, sus hijos. Unos hijos fruto del incesto, hijos de la violación de su propio padre, a los que ella, por encima de cualquiera cosa, ama y pretende alejar de la vida que ella ha tenido.

Y sólo pienso: Precious y amor, Precious y amor, Precious y amor.
Es una película durísima, brutal, donde la realidad, esa que existe y que los privilegiados a veces negamos mirando hacia otro lado porque nos tiemblan los cimientos, nos muestra que pese a todo y, pese a la maldad que presiden muchos de los actos de las personas, hay que continuar confiando en que existe buena gente. Que somos capaces de sufrir y soportar lo peor, caer en el de los infiernos, pero que desde la poltrona de nuestro bienestar.
Porque existen otros mundos pero están en este, aunque nosotros cada día intentemos correr estúpidos velos y cortinas para no tener que ver nada de todo eso que, por feo, por sucio, por deprimente, intentamos obviar. Pero, por suerte para los menos afortunados, siempre hay alguien que cree en las personas, que están ahí tendiendo manos, creando puentes para evitar que caigan al fondo de un pozo del que ya nadie les pueda sacar. Por eso, después de ver esta película, creo un poco más en las personas.
Precious es toda una lección. Sí señor.

© Del Texto: Anita Noire