El infierno al alcance de la mano. Fahrenheit 451.

Siéntese en una estación de tren de una ciudad cualquiera. Contemple a las personas que allí se encuentran. Yo lo he hecho hoy. Miraba a mi alrededor y he sido consciente de que nos mienten cuando nos dicen que en este país no se lee.
He visto varias docenas de personas con sus libros en las manos, enfrascadas en sus lecturas, no sé si buenas o malas, pero en lecturas, mientras esperaban sus trenes.
Hagan la prueba, vayan a un andén cualquiera, da igual Paseo de Gracia, que Atocha, que Santa Justa, podrán contar decenas de libros.
Los libros forman parte de mi vida desde que tengo uso de razón. Empecé a leer muy pronto, tanto que una de las atracciones en las reuniones familiares era sacarme a la palestra para que leyera cualquier cosa que me pusieran delante. Un monito de feria, tal cual. Quizás por eso hoy mis lecturas son siempre en solitario, y si puedo escoger prefiero que me lean a tener que leer yo. Quizás por eso, también, me gusta ver cine a solas.
Vi Fahrenheit 451 en casa de mis padres, sentada en una silla con las manos colocadas debajo de las piernas, para no morderme las uñas. La televisión en mi casa era en blanco y negro, la de color llegó muy tarde Y recuerdo como si fuera ayer, como la estética futurista de la película (tampoco en exceso) me hacía pensar en que tal vez aquello era lo que nos esperaba en el futuro.
No entendía demasiado bien la película, me parecía que era algo terrible lo que me contaban. Los que se suponía eran los “buenos”, se dedicaban a la destrucción. Y un mundo bueno era un mundo sin libros. Hoy sigo sin entender.
Pasaron unos cuantos años hasta que volví a ver la película. Andaba ya en mi primer año de facultad. Ahora ya era en color y en un entorno bastante distinto. Fue en la antigua Filmoteca de Barcelona. Aquella película pasó a ser completamente distinta. La estética futurista me parecía trasnochada, pero la historia seguía pareciéndome terrible. La destrucción masiva de libros con la finalidad de crear una sociedad aborregada, con un pensamiento lineal. Hoy me sigue pareciendo terrorífico
Los libros. Aprendí a cuidarlos porque esto y no otra cosa eran toda la herencia que iba a recibir. No lo cambio por nada. Por eso jamás he tirado un libro. Si alguno ha dejado de interesarme ha ido a parar a otras manos. Y es que, la circulación de libros, es la circulación de pensamientos.

Los libros son el mecanismo perfecto para desarrollar el sentido crítico en las personas. No contienen la “verdad absoluta”, esa no la tenemos nosotros. Cada uno tenemos nuestras verdades en la cabeza y estas, precisamente, porque no son absolutas, pueden verse modificadas, por la influencia de las cosas que llegamos a leer.
Pero hay que leer con sentido crítico. Y eso es precisamente lo que la película Fahrenheit 451 transmite, la necesidad de ser crítico, de cultivar la diferencia a través de la elaboración de un pensamiento que jamás debería ser socialmente uniforme.
La destrucción de un libro, como los que nos muestra la película, mediante impresionantes manguerazos de queroseno, son la metáfora perfecta de la destrucción del desarrollo mental.
La contraposición entre la figura de Clarisse McCellan y Mildred (una que aboga por un mundo instruido con una mentalidad crítica y la otra, por un mundo plano sin aspiración alguna más allá de lo estrictamente material y socialmente aceptado), son la representación perfecta de dos mundos absolutamente antagónicos.
Porque los libros, contrariamente a lo que sostiene Montag al inicio de la película, no son trastos inútiles. Sí que tienen interés, no hacen desdichadas a las personas y, por supuesto, no las vuelve antisociales.
Precisamente, los libros son todo lo contrario, porque evitan que vivamos en mundos monolíticos, con un pensamiento único. Lo que en ocasiones nos puede llevar a ser felices o incluso tremendamente felices. Esto es precisamente lo que no ocurre en el mundo que se nos muestra desde Fahrenheit 451 donde los habitantes de aquella sociedad son felices a fuerza de no plantearse absolutamente nada
Replantearse el mundo es una necesidad vital y eso es precisamente lo que hace Guy Montag. En el caso de Fahrenheit 451 esta necesidad se alivia a través de la esperanza de aquellos que intenta salvar el mundo mediante la memorización de los libros que consideraban fundamentales. También este detalle me tuvo algún tiempo en vilo. Pensaba en que llegado un momento como el que reflejaba la película, no sería capaz de memorizar, por entero, el libro que en aquel momento, en la época de mi segundo visionado de la película, iba siempre dentro de mi macuto “Mientras el aire es nuestro” de Jorge Guillen. Creo, que insistía en este poemario precisamente por el poema ahora transcribo:

Dice Virgilio a Dante, “Inferno”, I, 76.
Los destructores siempre van delante,
Cada día con más poder y saña,
Sin enemigo ya que los espante.
Triunfa el secuestro con olor de hazaña,
Que pone en haz la hez del bicho humano.
Ni el más iluso al fin la historia engaña.
El infierno al alcance de la mano.

 

Una película que hace pensar, que ningún jovencito debería perderse para entender que alcanzar la felicidad supone entender el mundo en el que uno se posiciona desde el conocimiento y el sentido crítico. Y para ello leer es fundamental.

© Del Texto: Anita Noire


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