Zelig y la diosa Fortuna


No hace mucho estuve en el cine viendo la película “En tierra hostil”. Y, la verdad, no sé a qué viene tanto premio y tanto ruido. Creí estar frente a un telediario hecho con más cuidado de lo normal. Poco más. El día a día de un soldado norteamericano, que termine (ese soldado) teniendo más miedo a lo cotidiano o las borracheras que agarra junto a sus colegas, me importan bastante poco si me las cuentan desde el punto de vista de siempre. Me costó una pasta la broma (ir al cine cuesta una pasta) y me hubiera salido gratis si me hubiera quedado en casa mirando el televisor. Todos los días a las nueve de la noche se puede ver un trailer comentado en las cadenas nacionales y locales.
Pero, como este blog nace con la vocación de hablar de buen cine, voy a olvidar mi inversión a fondo perdido.
Estas navidades recibí un fantástico regalo que consistía en una colección incompleta de las películas de Woody Allen. Entre ellas estaba “Zelig”. (Oh, la diosa Fortuna lo bien que se porta cuando quiere). Mi hijo mayor, el que pensó qué podía regalar a sus padres, aún no sabe lo que acertó. “Zelig”. Ya no recuerdo cuándo fui al cine para ver esa película. Sí sé que fue en la sala Capitol de Madrid. Y sí sé que fui solo. No pudo gustarme más. Original, sorprendente, hasta los topes de fino humor, bien resuelta y con una construcción narrativa, sencillamente, perfecta. El sabor de boca que me dejó es inolvidable. A los jovencitos es fácil provocarles ese tipo de sensaciones. Y yo lo era.
Después de ver esta cosa de los soldados locos y patriotas y humanos (¡qué descubrimiento para la humanidad eso de que las personas son humanas, están locas y son patriotas cuando se van a guerrear); después de esto, decía, no tuve más remedio que lanzarme a por mi colección incompleta de Allen. Allí seguía el disco de “Zelig”. Sin estrenar. Tal y como me sucede con algunas novelas me lo pensé un par de veces. No quería estropear el recuerdo. Pero la necesidad es muy mala. Agarré el disco y pensé “Allen no me puede fallar en este momento tan difícil en el que creo no saber nada de cine ni de cómo hay que narrar una historia” (pensaba esto leyendo magníficas críticas a eso de los soldados locos y bla, bla, bla). Eso pensé. No exagero. Ni exagero cuando digo que si la tarde en el cine Capitol fue inolvidable, la del pasado martes (esta vez acompañado de mi esposa) lo ha vuelto a ser.
Blanco y negro. Formato documental. Vestuario y escenarios perfectos. Fotografía notable. Los que saben de estas cosas lo podrían explicar mucho mejor que yo. Pero lo grandioso de la película es lo que cuenta. Y, sobre todo, cómo lo hace. Y es que Allen nos cuenta a todos. Cuenta la historia de millones de personas que modifican su propio yo con tal de pertenecer a un grupo, con tal de sentirse tú o ellos. Siendo tú o ellos puedes ser yo. Y, de paso, nos recuerda que eso es una gran idiotez. Siendo en ti o en ellos puedo ser yo. Ese es el gran mensaje. Además, lo cuenta desde el humor más exquisito, sin dramatizar, dibujando una sonrisa que, por ejemplo, le puede durar toda la vida a un jovencito que va una tarde al cine más solo que la una.
El punto de vista (en cine y en literatura) es fundamental. Contar algo a alguien para que comprenda desde un personaje incomprendido y ridículo (caricatura de todos nosotros) sin que nos sintamos un trapo, es una obra de arte.
Corran a comprar una copia. Corran.
© Del Texto: Nirek Sabal

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