Ver y oír. Desayuno en Tiffany´s

Vi la película hace muchos años, quizás yo tenía 9 ó 10. Desconocía que era la adaptación de una obra de Truman Capote. Sólo sabía que aparecía Audrey Hepburn, una auténtica Diosa de la elegancia, por la que los varones de mi casa sentían especial debilidad. Ignoraba quien era Capote y la historia real que detrás de esta encantadora película se escondía. Tener hermanos mayores, mucho más mayores que uno, te permite tener acceso a libros, películas y música más pronto que a otros. Puedo decir que en aquel momento sólo me llamaba poderosamente la atención lo bonito que era todo y lo gracioso que resultaba, las aparentemente despistadas vidas de sus protagonistas.
Sin embargo, con la perspectiva del tiempo, creo que “Desayuno con diamantes”, podría compararse a degustar una enorme nube de algodón de azúcar a la que vamos arrancando pequeños trozos de esponjosa masa, para colocarlos delicadamente en la boca, esperando que se fundan y nos deje un delicioso sabor. Pero eso sería como quedarnos en la superficie de la película. En el “ver”, pero no en el “oír”.
Escuchar los diálogos que se mantienen en “Desayuno con diamantes” no puede más que dejarnos el regusto de la sacarina, ese edulcorante artificial que disfraza la existencia de una realidad totalmente amarga. Una amargura permanente en la vida de los dos protagonistas, Holly y Paul, disfrazada de bonito.
Pero los tintes de color, la belleza de los elementos, la estética del lujo (el antifaz turquesa que la protagonista luce en las primeras escenas, unos tapones para los oídos con diminutas borlas como las que recogen las cortinas, una camisa que debería acompañar un smoking utilizada como camisón), unos vestidos espectaculares diseñados por Givenchy, la permanente y serena belleza de Holly y unos decorados que no nos trasportan a ningún lugar en concreto más allá de la Quinta Avenida o de un apartamento desvencijado; hacen que la descarnada vida de sus personajes pase totalmente desapercibida, mostrándonos una cara totalmente alejada de la historia de dos perdedores y mucho más amable de la que podía ser su realidad.
La contraposición entre lo bello exterior y lo sórdido interior.
Y es que de esta película me quedo con aquel momento en el Holly dice: “Los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe por qué…, pero, cuando me pasa, lo único que me va bien es coger un taxi e irme a Tiffany´s. Me calma enseguida la tranquilidad y el aspecto lujoso que tiene, nada malo podría ocurrirme allí. Si pudiera hallar algún sitio en que me encontrara el sosiego que se respira en Tiffany´s entonces compraría algunos muebles y bautizaría al gato”.
Esto y no otra cosa es lo que define la esencia de la película. Estéticamente bella, intrínsecamente dura.

“Desayuno con diamantes”, traducida inicialmente al castellano como “Desayuno en Tiffany´s” es una película dirigida, en 1961,por Blake Edwards y protagonizada por Audrey Hepburn y George Peppard. Interviene un buen elenco de actores secundarios, entre ellos, Mickey Rooney, Patricia Neal, Martin Balsam, y José Luis de Vilallonga. La película es una adaptación libre de la novela del mismo título escrita por Truman Capote. La banda sonora fue compuesta por Henry Mancini, destacando la famosa canción Moon River. La película fue ganadora de dos premios Oscar en 1961. Uno a la Mejor banda sonora. El otro a la mejor canción.


El argumento de la película es conocido por todo el mundo. La historia de Holly Golightly (Audrey Hepburn), una mujer joven, bella, encantadora y aparentemente sofisticada, que vive en la ciudad de Nueva York. Su objetivo, encontrar a un hombre rico que la mantenga. Para ello pasará las noches de fiesta en fiesta. Holly sobrevive aprovechando su estilo encantador para obtener, de sus ocasionales amigos, algunas cantidades de dinero. En su camino se cruza Paul Varjak, un escritor que, mientras espera alcanzar un éxito que nunca llega, vive de la relación con una mujer madura que le mantiene. En ambos casos, se esconde un pasado triste y una realidad expectante tras unas vidas aparentemente frívolas. El mayor interés de Holly es “Tiffany’s”, la tienda de joyas de la Quinta Avenida, a la que no puede acceder por falta de medios. Paul es un escritor que sólo ha publicado un libro y que ni siquiera tiene dinero para poner una cinta de tinta a su máquina de escribir.
© Del Texto: Anita Noire

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